Lorca.

Lorca en el Litoral malagueño de la Niña de los Peines

Peínate tu con mis peines/ que mis peines son de azúcar/ la gachi que se peina con mis peines/ hasta lo dedos se chupa. Con estos tangos tan triviales se abría oficialmente una de las carreras artísticas más brillantes de la historia del flamenco. Aquella niña desaliñada y flacucha, ya sorprendió a propios y extraños desde que dijo por primera vez esta voz es mía en el Café del Brillante de Madrid, apenas abierto el siglo XX, donde destempló a los presentes con la fuerza de su aliento, tan atrevido, se iba a comer el mundo, esa tal Pastora Pavón, La Niña de los Peines (Sevilla, 1890-1969), apodada así por esta letrilla, hasta ser la considerada por extendido consenso entre los entendidos, como la voz femenina más importante que dado este arte en toda su historia, que ahí es ná.
Aquella niña tan pizpireta ya entonaba sus cantes desde cantes desde la irreverente edad de los ocho años, un poco impulsada por la necesidad económica familiar fue conquistando corazones y oídos, su poderosa voz gitana, versátil como pocas, y las buenas influencias de cantaores y cantaoras que fue escuchando en su entorno. Esa Cava de los Gitanos de Triana y la musical Alameda de Hercules hispalense fue su escuela y la herencia de los Chacón o Manuel Torre sus referentes. Todo eso conformó un verdadero vendaval de calidades interpretativas. Eso y su fuerza personal, su carisma, le haría más tarde convertirse en musa de poetas como Federico García Lorca y en modelo de pintores como Julio Romero de Torres.
Pero curiosamente pese a su natividad sevillana su nombre está ligado a Málaga de una manera formativa, más desconocida para el aficionado medio, pero indisolublemente relacionado con la época dorada de los cafés cantantes por los que pasó lo más granado del flamenco. La cantaora compartiría en esta ciudad domicilio con La Trini por varios años, mítica malagueñera, cantaora de rompe y rasga, que regentó el Ventorrillo de la Caleta, centro de fiestas flamencas en las afueras, rincón de aventuras licenciosas de señoritos, escuela de la vida en definitiva para Pastora. Por esta orilla de sol y salitre se le disfrutó con 21 años cuando aparece debutanto en el Salón Novedades de Málaga o en la atribución más o menos fundada, u oculta, en la historia de amor con el empresario malagueño Eugenio Santamaría.
Por entonces, la Ciudad del Paraíso ya acaparaba una importante actividad cultural, no sólo cantaora, también literaria, caldo de cultivo de Litoral, revista insignia de toda una generación de poetas que miró amablamente el flamenco, redimiéndolo algo de su habitual mala prensa, de sus historias luctuosas.

Lorca; “Voz excepcional”
Así resultó que lo de Lorca y Pastora fue un flechazo a primera vista, como se encargó de recordar el flamencólogo Manuel Bohórquez en su libro La Niña de los Peínes en la casa de los Pavón, cuando se conocieron en la casa de la Argentinita. Todo un choque de trenes, un idílio artístico que se reproduciría en muchos encuentros.
Lorca diría de ella: “La voz de esta mujer es excepcional, rompe los moldes de toda escuela de canto como rompe los moldes de toda música construida(…)Maestra de gemidos, criatura martirizada por la luna, voz de máscara gitana a quien el duende pone mejillas de muchacha recien besada”. Aunque luego en otra de sus loas la recordara, el autor del Romancero Gitano, aficionada a la cazalla -al aguardiente- lo que no le gustó mucho a la Niña. “Yo tuve una gran amistad con Federico García Lorca. Era un poeta extraordinario y un hombre que gustaba de la juerga como nadie. ¿Usted sabe que inventó para mi un cante? Las Lorqueñas tuvieron mucho éxito”. Aunque aquello no eran más que unos fandangos rebautizados pero con la lírica almibarada del universal granadino, con la verbigracia y plasticidad de su imaginario poético.

Publicado en el Diario el Mundo Málaga. Los Papeles de la Ciudad del Paraíso. 1 de diciembre de 2006.

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