PEPE_EL_DE_LA_MATRONA2C_RECUERDOS_DE_UN_CANTAOR_SEVILLANO

Cien años del iphone-4 del flamenco

La llegada del Iphone-4 al mundo de las nuevas tecnologías en el que nos encontramos ha supuesto tanto alboroto, por lo menos mediático, como el que en su día produjo la llegada del fonógrafo o el cante enlatado al mundo del flamenco. La invención del fonógrafo supuso todo un hito en la divulgación del cante frente al baile, lo que marcó una nueva era.
Al principio las voces sonaban algo distorsionadas, más agudas, más chillonas que al natural y hacían flaco favor a cantaores poderosos como Chacón, pero gracias a los fonógrafos hoy día se puede observar como a principios de siglo el género estaba todavía conformándose y se encuentra junto a repertorios de jotas, asturianas y pravianas, arrastrando reminiscencias de lo folclórico.
Hacía 1890 ya está datado el uso de cilindros de cera para escucharse en éstos. Entre los cantaores pioneros en sumarse a este invento -que entre la gente de a pie causaba una extraordinaria mezcla de horror y admiración, e incluso los había que se santiguaban al escucharlo- figuraban los Juan Breva, Don Antonio Chacón, El Mochuelo o Paca Aguilera.
Era una cosa mala aquello del fonógrafo, en los tiempos de maricastaña, que fue cambiando la escena flamenca. A muchos les pareció que les iba a tocar el bolsillo, porque se preguntaban que si grababan, quién iba a pagar luego para escucharlas. Los había incluso que temían por el robo de su alma. Era como diabólico, el fonógrafo. “Una maquina prodigiosa que habla, canta, ríe y llora lo mismo que el ser humano”, como rezaba el eslogan de un anuncio de 1903 de la marca Virtuoso al precio de 150 pesetas.
Y había algunos realmente a los que le tocó el bolsillo, como a Palo Quemao, un ocurrente gitano que andaba cantando aquí y allá de taberna en taberna, en la Sevilla donde ya reinaba la voz de Don Antonio Chacón, na menos que en el año seis del siglo pasado cuando las calles eran una zarzuela de pregones, de gente que vendía todo lo habido y por haber a grito pelao. Lo cuenta con mucha gracia en su libro, ‘Pepe el de la Matrona. Recuerdos de un cantaor sevillano’ de José Luis Ortiz Nuevo. Relata la anécdota de cierto día de aquel año, coincidieron en la taberna de Sarvao el Tuerto, Chacón y Palo Quemao. El mencionado Sarvaó, dueño del local, que tenía mucha güasa e inventiva y había adquirido uno de aquellos aparatos, le propuso socarronamente grabar unos temas al gitano, “pa hasé un bien pa él y sacarse un dinerito”. Mucha güasa es lo que se gastaba Sarvaó, porque de grabar aquel fonógrafo na de na.
Así que se lo insinuó y éste encantado. “Y en vez de ponerle la aguja, dobló el diaflama pa’rriba y colocó el disco de la Marsellesa, empezó aquello a dar vueltas y Palo Quemao se creía que estaba grabando”. Después de un buen rato de recital le pusieron la aguja para abajo. “Ahora vas a ver tu, cómo ha salido esto”. Y sonó la Marsellesa. Nada más escucharlo, el gitano de la impresión se tiró al suelo y rompió a maldecir a todos los presentes, y hasta al propio Chacón. Vaya broma.
Tiempo después según cuenta Ortiz Nuevo en su libro De la Matrona se lo encontraría por Sevilla, en una de sus visitas a la ciudad cuando éste ya estaba instalado en Madrid. “Ay compare de mi arma, ¿cómo le va a osté por ahí?”, le preguntó el gitano. “Nos vamos defendiendo ¿y usted?”, respondió De la Matrona. “Ay compare no me hable osté ¡estos cantes en conserva me han marao!¡Ma la puñalá le den a mi sobrina que no debía de haber nasío!”. Y es que todo el mundo andaba como loco de taberna en taberna, de terraza en terraza, escuchando a su sobrina, que no era otra que La Niña de los Peines. La primera gran estrella flamenca de los mass media.

Corruco, qué cuco
La gente se pirraba por escuchar las nuevas impresiones del cantaor de moda e iba de terraza en terraza, de salón en salón, de casino en sala de fiestas, oído al cante. Casi nadie permitirse uno de aquellos aparatos y estos locales vieron el reclamo. Pero también los había ambulantes que iban sonando de plaza en plaza. Luego se pasaba la gorra. Había quien se la ingenió de tal forma para luchar contra el fonógrafo que resultaba surrealista el modo. El cantaor Corruco de Algeciras llegó a inventar un remedo de gramófono ambulante, muy artesanal, y a la vista de lo que se cuenta, dispar de los originales. Lo colocaba en la calle y él se metía dentro del gran cajón que tenía debajo. Cuando los curiosos echaban una moneda al aparato, Corruco rompía a cantar. ¡Vaya arte el de Corruco!

Publicado en Los Papeles del Paraíso. Diario el Mundo. Málaga. 30 marzo 2007

1Comentario
  • Esperanza
    Publicado en 18:40h, 12 octubre Responder

    Muy bueno, Francis. Me asombra tu conocimiento del flamenco, y me gusta mucho cómo lo cuentas…

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