Anita Delgado.

Una atracción llamada flamenco

Desde los primeros viajeros románticos a los más fastuosos turistas extranjeros del pasado siglo, el flamenco y sus cavidades nocturnas han sido un binomio inalterable de éxito. La atracción fascinante del baile popularizó el mi gustar flamenco, very good tanto que el género no se entendería sin el impulso de éstos desde hace ya más de dos siglos. En el caso de Málaga, dos bailaoras ejemplifican el pretérito atractivo no sólo musical o artístico del mundo del jondo, que traspasa fronteras y que encandiló desde príncipes a estrellas de Hollywood, sino también agrega el personal, el de las curvilíneas formas morenas y los ojos negros, incardinado a las biografías de las malagueñas Anita Delgado (Málaga 1890 +Madrid 1962), maharaní de Kapurtala que hizo y hace correr ríos de tinta, púrpura, aún hoy, debido a la ascensión social vertiginosa de una simple bailaora de cuadro flamenco a princesa india con todos los honores. Lo fue también, el flamenco, motivo de unión entre su homóloga Pepita Durán y Lionel Sackville West, otro aristócrata inglés que a la postre serían abuelos de la reconocida escritora Victoria Sackville, amante de Virginia Wolf y que dejó para la posteridad una estampa bellísima sobre la vida de su flamenquísima abuela en 1937. En este caso, la escritora llegó a visitar la ciudad de su ascendiente en marzo de 1974 para rastrear por la perchelera calle La Puente los sonidos negros de su genética, de los que confesó estar encantada.

No serían las únicas mujeres con genes flamencos, proyección y predilección por la tierra de sus padres allende los mares, pues la megaestrella del celuloide Rita Hayworth -Margarita Carmen Cansino en su documento de identidad- comenzó bailando antes de ponerse frente a las cámaras, porque su padre, sevillano de nacimiento, tenía el don del zapateado y fue por eso entre otras cosas por lo que vino a Málaga en varias ocasiones y se dejó seducir por el encanto de las noches andaluzas a la vera del mar. Tanto es así que lo dejo dicho meridianamente claro en la prensa de la época (Diario Voluntad de Gijón, 1952), “de España, me gusta Málaga”, aunque no sabemos bien si fue Ronda y su tauromaquia la que terminaron de ganársela por intermediación de uno de sus maridos, el ilustrísimo Ciudadano Kane, Orson Welles, que tuvo feeling inmediato por la algarabía de la fiesta, del toro y del colmao. El encanto fue retransmitido por la misma línea genética a su vez a la hija de ambos, Rebeca, a la cual pasearían por la Ciudad del Paraíso para hacerla disfrutar de su mejor banda sonora en el Pimpi, probablemente al muy poco tiempo de que en Marbella quisiera embarcar a los toreros Antonio Ordoñez y Andrés Vázquez en un film con rodaje malagueño y la posible pareja femenina de reparto, Elizabeth Taylor (Diario Sur, 8 de agosto de 1963).
Pero el mundo del cine ya había posado sus cámaras en la estética flamenca y en sus orientalistas formas y decorados para recrear por ejemplo Tánger. En concreto el tablao flamenco El Refugio, situado tras el convento del Cister fue escenario de la película Fuego sobre África de 1954, en la que estas instalaciones dieron cabida a escenas para una película con reparto internacional encabezado por el actor nortamericano MacDonald Carey y la actriz de origen irlandés Maureen O´Hara y donde no faltaron las escenas musicales, cuya protagonista la bailaora local Carmen Carrasco, puede decirse que tuvo algo más que un cameo.
Las playas por el día y la oferta de ocio nocturna hacían de Málaga, Torremolinos y Marbella un atractivo refugio para las celebridades mundiales en lo más dorado de su apogeo turístico de los sesenta. El representante de The Beatles, Brian Epstein sería sorprendido por las cámaras de fotos de los lugareños en la Gran Taberna Gitana, tablao contiguo al Teatro Cervantes de la capital costasoleña desde el que disfrutaba de las evoluciones del baile flamenco. ¿Llevaría algún tiempo después a Lennon a uno de estos lugares cuando estuvo en Torremolinos? No hay testimonio de ello pero es bastante probable. Los famosos gozaban de la estampa pintoresca y del genio y la gracia en un ambiente distinguido y distendido donde no eran avasallados todavía por los paparazzi. En esta misma sala está recogida la asistencia de la actriz Claudia Cardinale al igual que por los de Marbella o Torremolinos se recuerdan caras bonitas como las de la fanática del género, Ava Gadner, Sean Connery, Anthony Queen -que afirmaba a los flamencos, ser gitano mexicano- o Liza Minelli y Omar Shariff a los que se recuerda atrevidos al subirse al escenario del Tablao de la Cañeta de Puerto Banús, para probar su contoneo de caderas.
Quizá más de uno de ellos viniera precedido por la importante labor de difusión o de referencia de este arte realizada por el cineasta y literato Edgar Neville, de padre inglés pero malagueño de adopción y predilección jonda durante su matrimonio con la promotora teatral Ángeles Rubio Argüelles, que vivió y trabajó para Hollywood y que analizó el fenómeno desde el apasionado filme Duende y misterio del flamenco. O quizá simplemente por la extraordinaria labor promocional del boca a boca de todo el que llegaba y encontraba en este rincón bajo el sol, un oasis de libertad ociosa en que el embadurnarse de un poco de folclore local divertido e interesante.
Así que los hubo famosos del cine como también del mundo de las letras o de las biografías insuperables, veáse Henry Charriere ‘Papillon’ que frecuentaba habitualmente este tipo de shows y que durante la etapa final de su vida, que gastó en la Costa del Sol, se hizo muy amigo del cantaor y tonadillero Emi Bonilla al que frecuentaba en su tablao del Camino Nuevo en Málaga. También estuvieron prendados del ambiente, personalidades de las finanzas, uno de los hombres más ricos del mundo, como era el Barón Rothschild (Jacques Stern Rotschild), casado con una española y habitual del Tablao El Jaleo en Torremolinos, en silla de ruedas -la Gestapo le había ametralleado las piernas- que se pirraba por el flamenco y cada noche acudía a este local donde alternaba hasta altas horas. Allí en una ocasión coincidió con el armador Aristóteles Onassis, el magnate griego. La anécdota contada en las memorias de la bailaora María Guardia Mariquilla, que regentó aquella mina de turistas, da una medida de lo que se cocía en aquellos encuentros al calor del flamenco. Así en principio aquellos ‘galanes del dinero’ se trataron de ganar la preferencia al lado de la bailaora, que viendo el compromiso, les brindó la compañía juntos a ambos. El buen ambiente generado desembocó en un negocio de telefonía de muchísimos millones de dolares y la compra del Hotel Queen Elisabeth de Canada por el inglés, donde la fiesta de inauguración se coronó con baile malagueño, claro.

Artículo publicado en la Revista Litoral, el pasado mes de diciembre de 2011

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