Rilke.

Hohenlohe; del Castillo Duino a Las Monjas

La predilección germana por Ronda tiene un apellido de viejo blasón estampado a fuego en su historia, que le viene de lejos. Se trata de un vínculo accidental asociado a la visita de Rainer Maria Rilke y su prolífica estancia de meses en la Ciudad del Tajo, la cual le procuró la inspiración necesaria para no sucumbir a sus ganas de quitarse la vida y seguir produciendo versos para herencias tan maravillosas como Las Elegías de Duino.

El apellido aristocrático que entonces impulsó y patrocinó la creatividad del poeta fue el de Marie Hohenlohe, veneciana nacida a mediados del siglo XIX en el seno de una las más viejas estirpes de príncipes de los estados alemanes previos a la unificación prusiana. Ésta al casarse con un primo suyo, Alejandro von Thurn und Taxis, conformó uno de los matrimonios de la nobleza europea más sensibles a las bellas artes de aquel siglo, equiparable por las crónicas a los de los Medicis o Montpensier. Marie era políglota, una excelente novelista, notable pintora y gran pianista lo que les llevó tanto en el Castillo de Duino como en el palacio de Lautschin, a crear un ambiente propenso a las artes y al amparo de genios como el de Rilke.

Fue durante una de esas estancias en ese ‘castillo Honhenlohe’ cercano a Trieste donde finalmente el poeta encontró la inspiración de una manera repentina y donde parió nada más y nada menos que diez composiciones que luego ampliaría en el Reina Victoria rondeño.

Según se ha contado fue en una sesión de espiritismo en aquel refugio cortesano donde recibió el último empujón de mano de un fantasma para que tomara las maletas y pusiera rumbo a España, donde quedaría sorprendido también por la monumentalidad de Toledo, Córdoba o Sevilla, antes que el gran hallazgo de Ronda.

Además Marie relató luego que incluso un hijo suyo tuvo un sueño donde le decía a Rilke que debía visitar un inconcreto pueblo del Sur de España donde: “se encontrará una ciudad, colinas peladas y sobre ellas una ciudad, como vertida en un molde, encerrada entre murallas, y en las murallas muchas torres”. De aquella evocación calcada el poeta de Praga halló su “ciudad soñada”, donde lo primero que hizo fue enviar a los Hohenlohe postales de su onírico descubrimiento.

Más de medio siglo después de aquella visita de Rilke en 1912, Alfonso de Hohenlohe, nombre ilustre en la historia de la Costa del Sol, inventor o propulsor de la jet set que coronó una época en Marbella, sentaría sus reales en esta ciudad de embrujo sin igual y se empecinará en hacer rentables los hasta entonces nunca bien explotados viñedos de la zona. Hoy existen decenas y decenas de bodegas alrededor de este negocio, lo que viene a ser la constatación de una ciudad a un apellido pegada.

Entonces el príncipe Hohenlohe adquiere el Cortijo de las Monjas, una emblemática finca de esta localidad que se convertirá en el primer viñedo que sienta un precedente en este tipo de explotaciones en la comarca. “He buscado por todas partes la ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda”, escribió Rainer Maria Rilke lo que vino a ser casi el sufijo último de este descendiente de Marie que acabó hallando su particular Arcadia andaluza en este remoto lugar.

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