Jacqueline Rocque, Pablo Picasso, Manitas de Plata en Mougins. Foto de Lucien Clergue.

Últimas juergas con Picasso

(fotografía de Lucien Clergue)

Parece ser que de los gitanos de Mundo Nuevo en Málaga aprendió a algo más que a fumar por la nariz, como le confesó a su biógrafo John Richardson. No en vano Picasso se asomó a la vida en una ciudad pletórica de cafés cantantes donde se estaba dando cita lo más barbián del género jondo, desde Juan Breva a Antonio Chacón, desde La Trini a El Piyayo, en una docena de establecimientos con flamenco cada noche y donde era un habitual su descocado padre, José Ruiz Blasco.

De aquellos más que probables encuentros con la música de su infancia quedó una afición sobradamente contrastada en la que a veces tuvo a su amigo Jean Cocteau como compinche. Atrás quedaron también los episodios con Félix el Loco o El Estampío a raíz de sus ballets rusos. Ambos, por ejemplo trabaron una relación amistosa con el guitarrista gitano Manitas de Plata (Ricardo Baliardo, 1921), asiduo en sus fiestas y con el que pasaron muy buenos ratos, según atestiguan documentos gráficos.

Manitas entusiasmó a la pareja con sus escasas credenciales; procedente de una estirpe de gitanos andarríos y pariente de los Gipsy Kings, fue encumbrado por éstos que lo frecuentaron en su área de influencia de Arlés y la Costa Azul, donde el tocaor fue anualmente a la peregrinación gitana de Santa María del Mar en La Camargue. Allí lo vio tocar por primera vez Picasso, exclamando después el famoso piropo: «¡Este hombre vale más que yo!».

Guitarra picassiana

Manitas de Plata, discutido como un grande de la guitarra de concierto, ha estado viviendo de su instrumento toda la vida y dando conciertos por todo el mundo y en salas prestigiosas. En muchas de sus actuaciones lució una guitarra decorada por Picasso.

Existe un fabuloso documento fotográfico captado por Lucien Clergue de uno de estos encuentros íntimos, en los que pintor y guitarrista bromean, Manitas parece que canta, mide sus manos con la de Picasso o provoca incluso que el malagueño se arranque con un baile. Este encuentro da una medida de la fascinación que Picasso siente ante los acordes flamencos. Fue captado el 31 de mayo del 68 en su residencia de Mougins, donde Manitas llegó para regalarle un recital privado; el libro Picasso, Mon ami, da cuenta de ello. A modo de despedida Picasso raspa con una especie de punzón la guitarra del gitano y luego rellena su dibujo y firma con tinta china.

Pero no fue esta visita de Manitas de Plata la única fiesta flamenca en la que se descubrió gozando al genio. El fotógrafo Antonio Cores Uría reveló recientemente la casi improvisada juerga que vivió en un restaurante chino de Cannes con el grandísimo Antonio Gades (Antonio Esteve Ródenas, Elda, 1936-Madrid, 2004) como protagonista del baile que allí cundió. Gades se encontraba participando en el Festival de Cine de 1966 con su película Con el viento solano, junto a la bailaora La Polaca. Estos habían quedado por intermediación de Cores, que era amigo de Picasso en el lugar. A ellos se sumaron los secuaces predilectos del malagueño como eran Luis Miguel Dominguín, Lucía Bosé, Rafael Alberti y la por entonces pareja de éste, Jacqueline Roque.

Con la efusividad del encuentro hispano en tierras galas se propició el jaleo, y Gades, lejos de amilanarse y sin tablao, taconeó con toda la fuerza y la planta gallarda que le caracterizaba. Picasso estaba encantado e hizo muchos dibujos en las servilletas de la escena y lo comparó con un gallo. «Sí, parece un gallo de pelea», repitió sobre Gades. Cores desveló cómo montó la juerga años más tarde.

“Gallo de pelea”
«Oye, te voy a presentar a un amigo. ¿Te gusta la comida china? En esa segunda visita le había llevado fotografías de Antonio Gades, de la Exposición Mundial de Nueva York en 1964. Picasso pintó sobre ellas. Llamo a Gades y le digo que a las siete y media esté en el chino. Llegamos al restaurante, él cogido de mi brazo, y vemos a Gades con La Polaca. ‘Maestro, es el bailarín Gades’. Picasso se pone nervioso y me aprieta el brazo. ‘¿Se ofenderán si les convidamos a nuestra mesa?’. ‘No creo’».

Y tanto. El gusto fue mutuo y superlativo. La juerga se alargó tanto que Alberti también improvisó un recitado de versos y Dominguín pegó unos pases con un mantel de una mesa. Fue una reunión de arte total; tanto, que la anécdota se recordó por el olvido de la hora del estreno al que tenía que asistir Gades, quien llegó tarde.

Otra gran fiesta flamenca con Picasso de palmero nos ha sido legada gracias a un fotógrafo de excepción como Juan Gyenes (Picasso. Fuego eterno. Colección de la Fundación Pablo Ruiz Picasso) y un bailaor de calidad inigualable: Antonio el Bailarín. El jolgorio se propició en la fiesta postrera e íntima del 80 cumpleaños del genio. Aunque toda la secuencia del festejo, que duró tres días, está captado por el húngaro.

El 29 de octubre de 1961 se dio el encuentro en las distancias cortas, en Mougins, en una cena posterior a una corrida de toros en Vallauris en honor al pintor, donde Dominguín y Domingo Ortega mataron cuatro toros ante 7.000 espectadores en un país donde estaba sancionada la muerte del animal, que no prohibidas las corridas, y cuya decisión de no ahorrar la suerte de la espada corrió a cuenta de Picasso, quien pagó la multa.

En aquella fiesta se disfrutó de un Picasso que llegó a llorar con el baile de Antonio y que se arrancó con unas rumbas en la intervención musical de Nati Mistral. Entre los amigos citados estaban su querido Dominguín, su mujer Lucía Bosé, Paco Rabal, Rafael Alberti o el pintor Manuel Ángeles Ortiz y Antonio Olano, entre otros, además de familiares y amigos franceses del artista. «Nadie puede abandonar su sombra», dice un proverbio árabe, y Picasso, en la medida en la que se aferró a su patria infantil rilkeana, tuvo al flamenco como a tantas cosas de su Málaga, siempre metido muy dentro de su corazón.

Publicado en el Diario El Mundo el 10 de noviembre de 2013.

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