Ángel Idígoras.

Rafael Flores frente al Piyayo

Hace 150 años que Rafael Flores Nieto nació al mundo para regalarle a Málaga un personaje eterno conocido por ‘El Piyayo'(1 de mayo de 1864-25 de noviembre de 1940). Uno de esos creadores y artistas cuya huella perdura hasta hoy en forma de unos cantes, y de leyenda bohemia. Esos cantes del Piyayo siguen siendo en la actualidad parte del repertorio de primeras figuras de lo jondo en la escena flamenca mundial y pocos ajenos a estas tierras no incluyen este nombre propio entre las referencias a Málaga que pudieran saber a bote pronto.

Su leyenda de cantaor gitano indómito sigue desdibujándose entre perfiles en claroscuro que aportan más inexactitudes que certezas a su existencia y correrías, no todas honrosas, pero sí más que célebres para que en ciudad alguna calle o glorieta lo recordara por su nombre.

Nacimiento trinitario, no perchelero. Pese a lo que se cree, no fue perchelero en su cuna. La calle Mármoles delimita las barriadas Perchel y Trinidad, la calle Arrebolado se ubica cerca de la Avenida de Andalucía y Calle Carril, sin ninguna duda en La Trinidad. El personaje que nos incumbe fue bautizado en la Iglesia de San Pablo. La letra lo certifica:

Estando de guardia un día

en los Montes de Jiqué

me dijo mi coronel

Que aonde pertenecía

yo le dije Andalucía

de la quinta capital,

Donde se derrama la sal

de las mujeres bonitas

Barrio de la Trinidad.

El origen del apodo Piyayo. La teoría más común es que la palabra Piyayo deviene de pillao, bebedor. «Ese hombre la ha pillao por cogido», siempre está o va pillao, borracho. El poeta que lo glosaría con celebridad José Carlos de Luna cita a un personaje anterior a Rafael con ese apodo. Lo que con muchas posibilidades hace refiriéndose a Francisco, su abuelo paterno y por ende a su padre.

Gitano de pura cepa. Los apellidos Flores y Nieto, Vargas y Jiménez, abuelos paternos y maternos avalan suficientemente su ascendencia gitana, al menos en tercera generación.

Un cantaor no tan corto. Sin ser excepcional, fue un correcto cantaor de «ziguirilla», «en eze cante está er cardo espeso», diría. También destacaba en el cante de soleares y de ahí a otras modalidades…

No sólo vendedor de peines. Otra fábula sobre el personaje es la que lo relaciona con la venta ambulante de artículos como peines. Realmente, El Piyayo ejerció de muchas cosas, herrero, esquilador de bestias, tratante y todo aquello que podía dejarle unos céntimos para sobrevivir, pero hizo de su cante y su guitarra, aunque sin fortuna, su profesión habitual.

El caudal de los gitanos

Unas tijeras cortantes

Y un guitarrico mu malo.

En cuanto a la venta de peines, si lo hizo, sería en los últimos meses de su vida en los que la artrosis le impedía utilizar su fiel compañera, la guitarra.

Más ácrata que republicano. Era más ácrata que otra cosa aunque sin duda, políticamente él se definió muy claramente; «yo soy republicano y de los fetén, no de esos más nuevos que los boqueroncitos victorianos», dijo en una de las pocas entrevistas que concedió en vida.

Ni hablar de un patriarca con una prole a su cargo. No tuvo descendencia, pero era niñero, eso sí. A la muerte de su hermano José se hizo cargo de sus dos hijos. Los nietos que se le adjudican son de otro personaje malagueño apodado Rabúo, antítesis de este personaje pero al que se compara por el poema de José C. de Luna.

Mujeriego o misógino. Más bien lo primero. Era un hombre de gran estatura, guapo, simpático, decidor y artista. Su vida amorosa fue pródiga en mujeres que le acompañaron en etapas distintas de su vida y a las que, con ética y moral gitana, siempre guardó fidelidad a pesar de que la primera experiencia amorosa fue dolorosa. Casó por el rito gitano y al parecer le abandonó por otro. Hecho que le amargó el resto de sus días.

Un consejo le voy a da

al hombre que esta soltero,

que no se llegue a casar

mientras no tenga dinero,

porque si algún caballero

le conquista la mujer

ella de pronto se va

y sin motivo ninguno

me lo asciende a General

con título de Marqués

del gran ganado vacuno.

Con problemas con la Ley. En su juventud cometió pequeñas raterías, se vio envuelto en peleas de bar y otras actividades que le llevaron con frecuencia a visitar los cuarteles de la Guardia Civil, todo más o menos normal en el entorno social que vivía.

En 1895 es detenido en Sevilla por portar guía falsa de caballerías y puesto en libertad, para su desgracia, ya que días más tarde, comete un homicidio sobre una cantinera que no quiso admitir saldar una deuda a cambio de dejar Rafael en prenda una pistola de dos cañones, que al dispararse le causó la muerte. Cometido el homicidio, huyó el Piyayo siendo apresado en Málaga tres meses más tarde.

Otro incidente, éste en 1914, ocurrió en la calle Mármoles, donde tras una acalorada discusión con un amigo se organizó una pelea de ambos y de la compañera de nuestro hombre, hiriendo con unas tijeras de esquilador al ‘amigo’. El Piyayo, aconsejado por un abogado, admitió la culpa y la condena impuesta fue de un año y un día.

Penando en Cuba. Todas las noticias así como sus letras indican que actuó como soldado regular y que su presencia en Cuba se produjo como consecuencia de las levas de presos con destino a la Guerra de Independencia 1895-98. Se desconocen la existencia de documentos que certifiquen la presencia en la Isla del Piyayo, pero las referencias y letras son abrumadoras a favor.

Regreso a España

Cuando mis ojitos abrí

Entre la noche y la aurora

Una bandera española

Fue lo primero que ví.

También ví nacer allí

La linda flor de la hierba

Cuyo nombre me recuerda

Que era cuba sin España

Una sortija sin piedra.

Piyayo artista en Cuba

Cuando en Matanzas

Oyeron lo dulce que yo cantaba,

Los hombres se aproximaban

Hasta que a escucharme fueron. Uno a otro se decían:

«Este hombre no es de aquí»

Y yo que lo comprendí

Me llené de puro gozo

«este hombre es el famoso que ha llegao de Madrid».

Las prisiones como influencia en sus cantes. La vida en los presidios ocupa algunas de sus letras más conocidas. El periplo por ellas pudo ser variado y de ello da cuenta por acontecimientos y circunstancias de su tiempo:

Prisión de Ceuta

Barbastro que rompa el fuego

Y que le siga Bordón

Y el de Albuera por el centro

Sin perder la dirección.

Cuando Málaga fue noble

Y el parte se recibió

En Ceuta desembarcaba

El regimiento Borbón.

****

Adios, patio de la cárcel

Nos tenemos que acordar

Mucho frío poca copa

Mucha jambre, poco pan (…)

***

Puerto de Santa María

A ciento cincuenta hombre

Nos llevan a La Carraca

Y allí nos dan por castigo

De llevar piedras al agua

Pa la Cuarta Compañía

***

Coge los trastos María

Que vete a ver la bandera

De la Cuarta Compañía.

***

Cuba

Salen las fuerzas cubanas

formando por compañía

y viene el jefe de día

pasa lista diligente yo le

respondo: ¡Presente!

pienso en ti sentrañas mías

***

Azucar blanca y refinaque está puesta en los tendales

Allá en lo cañaverales

Grandes golpes de machetes

Gritos de los mayorales.

Solitario empedernido pero afable. Fue un hombre de pocos amigos. Se le conocen el Chirle y el Trinitario sólamente, lo que no era obstáculo para ser, a su manera, un hombre afable, chistoso y muy querido en su ambiente.

Disconforme con el poema de José Carlos de Luna. Hay un par de referencias sobre el cabreo de Rafael Flores Nieto el Piyayo cuando tiene noticias de los versos y su interés en poner las cosas en su sitio y lo nervioso que puso a su autor. Parece ser que se encontraron y llegaron a un acuerdo -tal vez unos duros- porque no se volvió a hablar del tema. Las características de este personaje glosado están más relacionadas con las de otro gitano de su tiempo llamado El Rabúo.

Una muerte poco honrosa. Fallece el 25 de noviembre de 1940 en una caseta de madera de la Plazuela de Santa María, hoy conocida por Mundo Nuevo y, según el Certificado de Defunción, a consecuencia de arteroesclerosís -aunque se barajan otras hipótesis- y a la edad de 85 años. Lo que es un dato incorrecto pues lo hizo a la edad de 76, según confirma su partida de bautismo.

Fue enterrado el 26 de noviembre de 1940 en el Cementerio de San Rafael, más conocido por El batatal y exumado cinco años más tarde.

Un poema célebre que terminó en una película costumbrista

“A chufla lo toma la gente y a mí me da pena. Y me causa un respeto imponente» declamaron los rapsodas malagueños de varias generaciones recordando a ese personaje de la bohemia callejera llamado Piyayo, hoy ajeno a tantos jóvenes. Y es que Rafael Flores Nieto obtuvo una popularidad de eco nacional no sólo por su valía creadora en el flamenco, sino por la romántica vida de artista ambulante que le dibujó el poeta también malagueño José Carlos de Luna en el largo poema que lleva su nombre. Las alusiones a éste como pedigüeño, chicuelo y dado al vino, con una larga prole a su cargo, parece ser que enfadaron bastante al dueño de un apodo que nada tenía que ver con el glosado. El Piyayo era alto, espigado, no más bebedor que cualquiera y muy orgulloso para la alargar la mano esperando la limosna. Pero la estereotipada creación de su autor ya había fijado su leyenda, con ese costumbrismo tan ñoño aplicado a la raza calé desde finales del siglo XIX, se convirtió en semblanza del perdedor que a mal tiempo siempre pone buena cara.

Y nada que ver con el Piyayo, un artista poco dado a las lisonjas gratuitas y de armas tomar (literalmente). Pero ya no hubo forma de desmontar el estereotipo y su rapsodia pasó a ser repertorio de cualquier tertulia que se preciara y donde se invocara la ‘grasia andalusa’. Del papel, la historia dio el salto al disco y el por entonces rey del cante, Juanito Valderrama le puso sus gorgoritos al trasunto de su vida y muerte. El cine haría lo propio con ‘El Piyayo’, una película de Luis Lucía estrenada en 1956, con Antonio Molina como atracción de los números musicales, y un papel estelar para Valeriano León al que poco hay que reprocharle de su conseguida interpretación. Sobre el argumento habría que reincidir en que el tipismo más rancio se apropió del tópico del cantaor a prueba de fatigas y desventuras para terminar de edulcorar a un personaje, en esta ficción, al que la Providencia guía sus pasos pero que no pudo sacarle, en la vida real, de la cárcel y cuya fama, y quizá el dinero, le sortearon de manera demasiado inmisericorde hasta su propio lecho de muerte.

De la popularidad cosechada por estas secuelas cabe destacar el papel que jugó en todo ello su primer mentor, José Carlos de Luna (Málaga, 1890-1965), que al que al igual que su Piyayo recreado no se le recuerda hoy en su justa medida, por muy Gobernador Civil que fuese de Badajoz o Sevilla e insigne colaborador de varios diarios nacionales. Su obra, pese a a estar en esa ola de neocostumbrismo y arsa y toma de la época, reúne cierto interés antropológico y musical por su recurrente análisis del mundo gitano y flamenco, respectivamente. Sirve cuanto menos de testimonio oficial de una estampa ‘typical’, que más forzada o menos, fue parte de nuestra realidad nacional. Entre sus obras literarias más significativas figuran Del cante grande y del cante chico, La taberna de Los Tres Reyes, el Cristo de los Gitanos o El Café de Chinitas. Su obra, aunque se olvide, fue muy leída y muy recitada.

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