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Siete personajes en La Pasión

Los personajes de algunas de las historias más célebres de la literatura universal se han colado en esta Semana de Pasión, al modo de aquella obra de Pirandello. Desde el burro Platero en un Domingo de Ramos a Doña Inés de Don Juan en uno de Resurrección. Ellos, junto a Odiseo, las hijas del Cid, Hamlet, Bradomín y Rubén Darío o Don Quijote han elegido estar en esta guía heterodoxa por haber vivido momentos que mucho tienen que ver con las últimas horas de Jesús de Nazaret, las advocaciones de las cofradías de Málaga o los pasajes por los que discurrió el Redentor.

En las plazas y calles que durante estos siete días verán el desfile de cuarenta cofradías también hay un sitio para ellos, para evocarlos en sus aventuras y hazañas tan cargadas de momentos sublimes como las de esta ditirámbica celebración basada en hechos reales, no como las de ellos. Serán por tanto estos Papeles del Paraíso (suplemento del Diario El Mundo donde se publicó este reportaje-relato) una brújula alternativa en el damero urbano para la persecución de tronos mientras que estos relatos que a continuación les presentamos sólo quieren ser el apunte de una ensoñación, un juego. Ahora llega la literatura de la Biblia a hacerse teatro en una manifestación de alegría, orgullo y amor a una tradición centenaria de toda una ciudad. Un gesto multitudinario de unión social inaudito, un milagro de estética artística simpar, un escorzo religioso titánico y tantas personas evocando sus propios personajes en esta vida, otra Semana Santa más, como velas cruzan la inmensidad de la oscuridad de un Viernes Santo.

DOMINGO DE RAMOS. Vestido de luto, con su barba nazarena y el breve sombrero negro, debía cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero, al que habían desatado con el beneplácito de sus dueños al pie de un olivo de Olías. Cuando, yendo a las viñas, cruzó las últimas calles, blancas de cal con sol de calle Parras. Los chiquillos gitanos, aceitosos y peludos, fuera de los harapos verdes, rojos y amarillos, las tensas barrigas tostadas. Corren detrás de él. Chillando largamente: –¡El loco! ¡El loco! ¡El loco! Muchos en seguida tendieron sus ropas sucias en el camino y otros cortaban ramas u hojas de los árboles, y las esparciaban por donde había de pasar Jesús. …Delante «están los solares abandonados de las tecnocasas. Frente al cielo inmenso y puro, de un incendiado añil, mis ojos -¡tan lejos de mis oídos!- se abren noblemente, recibiendo en su calma esa placidez sin nombre, esa serenidad armoniosa y divina que vive en el sinfín del horizonte… Y quedan. allá lejos, por el alto cerro de Los Negros, unos agudos gritos, velados finamente entrecortados, jadeantes, aburridos: -¡El lo…co! ¡Ho…sanna! ¡Ho…sanna! (De Platero y yo de Juan Ramón Jiménez y S. Marcos Cap. IV)

LUNES SANTO. El ánimo generoso de Odiseo se dejó persuadir en Getsemaní. Y todo aquel día hasta la puesta de sol estuvieron sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y sobrevino la oscuridad, acostáronse sus guerreros en las oscuras habitaciones. Mas Éste subía a la magnífica cama de Circe y empezó a suplicar a la deidad, que oyó su voz y a la cual abrazó de rodillas. Y, hablándole, estas aladas palabras le dijo: «¡Oh Dios!Mándame a casa. Aleja de mí ese caliz, porque mi ánimo me incita a partir y también al de mis compañeros, quienes apuran mi corazón, rodeándome llorosos, cuando tú estás lejos». Así habló. Y el cielo contestole acto seguido: ¡Jesús, hijo de Dios! No os quedéis por más tiempo aquí. Pero ante todas las cosas habéis de emprender un viaje al infierno para resucitar al tercer día. Así dijo y Odiseo sintió que se le partía el corazón y, sentado en el lecho, lloraba y no quería vivir ni ver más la lumbre del sol. Pero cuando se hartó de llorar y dar más vueltas en la cama, le contestó con estas palabras: «No obstante no se haga mi voluntad sino la tuya». Odiseo fue luego a buscar a sus apóstoles y les dijo: «Dormid ya y descansad, que ya se acerca la hora de que me prendan». (De la Odisea de Homero a S. Marcos XI)

MARTES SANTO. Los mantos y las pieles les quitan los de Carrión mientras a Jesús le hicieron lo mismo y lo dejaban sólo con un manto de grana, con sólo las camisas desnudas quedan los tres, los malos traidores llevan zapatos con espolón, las cinchas de sus caballos ásperas y fuertes son. A Jesús incluso le colocan una corona de espinas. Cuando esto vieron las damas, así hablaba doña Sol: «Don Diego y don Fernando, os rogamos por Dios, dos espadas tenéis, fuertes y afiladas son, el nombre de una es Colada, a la otra dicen Tizón, cortadnos las cabezas, mártires seremos nos. Judíos y cristianos hablarán de vuestra acción, dirán que no merecimos el trato que nos dais vos -y escupiéndoles tomaban la caña, y las herían en la cabeza-. Esta acción tan perversa no la hagáis con nos, si así nos deshonráis, os deshonraréis los dos; ante el tribunal del rey os demandarán a vos». Lo que ruegan las dueñas de nada les sirvió. Comienzan a golpearlas los infantes de Carrión, que luego rifarán sus ropas. Dios os salve, reinas de los judíos, le increpan junto a Jesús; con las cinchas de cuero las golpean sin compasión; así el dolor es mayor, los infantes de Carrión: de las crueles heridas, limpia la sangre y agua brotó. Si el cuerpo mucho les duele, más les duele el corazón. ¡Qué ventura tan grande si quisiera el Creador, que en este punto llegase mio Cid el Campeador! (Del Cantar del Mio Cid y San Mateo XXVII)

MIÉRCOLES SANTO. El actor se dispuso a soltar el monólogo en el ensayo mientras al otro lado del cristal se escenificaba la liberación de un reo por Jesús El Rico. «Ser o no ser, he aquí el dilema, -soltó con la mirada fija en el preso encapotado-. ¿Qué es más digno para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra océanos de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas mío Dios? Morir…, dormir; no más ¿Qué quieres Dios de mí? ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y al los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir… dormir, tal vez soñar! ¡Si, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevivir en ese sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida. ¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! Pues ¿Quién soportaría: los ultrajes y desdenes del mundo, los agravios del opresor, las afrentas del soberbio, los tormentos del amor desairado, la tardanza de la ley, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tales cargas, Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por: Temor a algo tras la muerte (…)? Pero hágase tu voluntad Señor» -sentenció casi con lágrimas en los ojos mientras el dedo de la imagen señalaba al liberado en la calle. (De Hamlet de Shakespeare y versión libre del Evangelio de S. Lucas)

JUEVES SANTO. Las misericordias, Magdalena, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia. ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen! Y volviéndose a Sancho le dijo; «Pérdóname amigo». A lo que Juan respondió; «No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años. Bájase de esa cruz, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más. Mire no sea perezoso, sino bájese de la cruz, como habíamos quedado: quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa que por haber yo cinchado mal a su Rocinante le derribaron; cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus sermones cosa ordinaria derribarse unos profetas a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana. (De Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y S. Juan XIX)

VIERNES SANTO. (En el cortejo fúnebre del Santo Sepulcro reposa Max Estrella. Junto a él caminan y charlan el Marqués de Bradomín y Rubén Dario) Rubén: -Marqués la muerte muchas veces sería amable si no existiese el terror de lo incierto. ¡Yo hubiera sido feliz hace tres mil años en Atenas! El Marqués: -Yo no cambio mi bautismo de cristiano por la sonrisa de un cínico griego. Yo espero ser eterno por mis pecados. Rubén: -Admirable. El Marqués: -En Grecia quizá fuese la vida más serena que la vida nuestra… Rubén: -¡Sólamente aquellos hombres han sabido divinizarla! El Marqués: -Nosotros divinizamos la muerte. No es más que un instante la vida. La única verdad es la muerte… Y de las muertes, yo prefiero la muerte cristiana. En ese instante comenzó a sonar la Marcha Fúnebre de Chopin y quedaron sin hojas todos los ficus de La Alameda. (De Luces de Bohemia de Valle Inclán)

DOMINGO DE RESURRECCIÓN. Doña Inés (pasada ya la hora nona): -¡No! Heme ya aquí, don Juan mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán, y Dios perdona a don Juan al pie de la sepultura. Don Juan: -¡Dios clemente! ¡Doña Inés! Doña Inés: -Fantasmas, desvaneceos: su fe nos salva…, volveos a vuestros sepulcros, pues. La voluntad de Dios es de mi alma con la amargura purifiqué su alma impura, y Dios concedió a mi afán la salvación de don Juan al pie de la sepultura. JUAN: ¡Inés de mi corazón! INÉS: Yo mi alma he dado por ti, y Dios te otorga por mí tu dudosa salvación. Misterio es que en comprensión no cabe de criatura: y sólo en vida más pura los justos comprenderán que el amor salvó a don Juan al pie de la sepultura. Cesad, cantos funerales. Callad, mortuorias campanas. Ocupad, sombras livianas, vuestras urnas sepulcrales. Volved a los pedestales, animadas esculturas y las celestes venturas en que los justos están, empiecen para don Juan en las mismas sepulturas. Y los sepulcros se abrieron y los cuerpos de muchos santos, que habían muerto resucitaron y se aparecieron en Jerusalem. (De Don Juan Tenorio y San Mateo XXVII) Ilustración del texto de Idígoras y Pachi, del libro ‘Platero y yo’.

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