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400 golpes a una flor que crece en el barro

¿Cuánto hay de cada uno de nosotros en Antoine Doinel? ¿Cuántas veces escapamos del rigor del instituto para zambullirnos, sin la red familiar, en la verdadera vida, en aquellas ‘pellas’? ¿Cuántas veces el camino del pillo nos tentó para alejarnos de la prosaica convencionalidad? En ‘Los 400 golpes’ François Truffaut nos embelesa con la historia de un niño que se ve abocado a ser un gamberro y un aprendiz de ladrón a base de desapego familiar. Dureza de la vida de un niño al que su madre rehuye y al que su padrastro tampoco quiere en exceso.

Al parecer la película es biográfica y el propio Truffaut corrió y corrió para huir de sus demonios más cercanos, o para huir endemoniano de su desgracia hasta que en la última toma vuelve la cara a la cámara que sería su salvación.

‘Los 400 golpes’ guarda imágenes impagables de un París arquetípicamente frío y desangelado, a la vez que hermosamente embaucador para los sueños más poderosos de libertad de un púber. Hay un canto a la juventud pese a toda la crudeza del personaje. A las correrías de unos jóvenes de un generación que crecieron sometidos a una estricta docencia en los colegios. Los cines son en varias ocasiones lugares de esparcimiento, de escondite, de liberación. A pesar de ello el personaje parece dotado hasta de cierto optimismo, pese a todas las reprimendas que recibe y se gana a pulso. Y de una creatividad atípica. Hay una entrega a Honore de Balzac como un santo de cabecera inaudito, al que le pone una vela y todo, y al que como símbolo de la curiosidad por la cultura, de un niño que no ha sido instruido especialmente para ello, hay que agradecerle que impulsara la Nouvelle Vague. En este caso con algo de esperanza, entre tanto chico atormentado por sus circunstancias.

Toda la película se deshilacha en el interrogatorio al que someten a Doinel cuando va a entrar en un reformatorio. Ahí es cuando se ve meridiamente claro cómo no ha obtenido el más mínimo cariño familiar ni tampoco del sexo contrario cuando narra un enamoramiento no correspondido, como uno de sus momentos más felices.
La historia de este célebre pillo bien merece ser catalogada como una obra maestra del cine y un extraordinario ejemplo de cómo las flores, ente caso un cineasta como Truffaut, pueden crecer en el barro.

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