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La historia de la primera flamenca que conquistó Nueva York vestida de torero

Uno puede imaginarse aquella Gran Manzana atravesada por las crónicas de gangsters de Herbert Asbury en el año de 1888. Pero hasta hace poco nadie podía imaginarse a una malagueña conquistando la metrópolis con el recién parido baile flamenco. Fue malagueña. La primera artista del jondo en sentar una pica en Times Square, tan adelantada a su tiempo que pasó a la historia por serla primera en bailarlo vestida de hombre y más concretamente vestida de torero, representando con sus pies primorosos las diferentes suertes de la fiesta. Habiendo dejado atrás sonoros éxitos en capitales internacionales como París, México DF y La Habana. Su nombre responde por ello a la gran primera estrella del flamenco en coronarse mundialmente, rompiendo estereotipos.

Aunque hasta hace poco su menuda figura anduviera descolgada del masculino hall of fame de este arte, Trinidad Huertas Cuenca, ‘La Cuenca’ (Málaga, 1957-La Habana 1890) ha recibido recientemente el reconocimiento de las investigaciones llevadas a cabo por los estudiosos del género, Ortiz Nuevo o Manolo Bohórquez. Éstos le han aportado brillo a los apuntes de su genio ya advertidos por el protoflamencólogo Fernando el de Triana. Ahora, tras ese rastreo por hemerotecas de medio mundo nos llega el eco de cómo aquella Cuenca engatusó al público estadounidense.

Su arrojo y su fama saltaron al New York Times del 29 de junio de 1888. «La Cuenca, la celebrada bailarina y torera, hará su presentación en este país el lunes por la noche en la sala de conciertos Koster & Vial. La Cuenca no sólo ha toreado toros de imitación sobre el escenario, sino que a menudo se ha encontrado con toros de verdad en la arena y ahora lleva en el cuello una fea herida que le recuerda uno de esos encuentros, así como un broche de diamantes que le regaló la reina de España como testimonio de su valentía».

Torera o no, extremo que no parece haberse descubierto, una semana más tarde, el mismo diario bendecía su hallazgo como flamenca. «Ha demostrado ser una auténtica novedad, es un espectáculo verdadero y animado, mientras que sus bailes son algo completamente nuevo en Nueva York», rezaba el diario neoyorquino.

No fue la única vez que hizo descubrirse a los periodistas. En sólo dos años su periplo artístico es impresionante, en unos tiempos donde el avión no estaba soñado, recoge elogios en los mejores escenarios y cabeceras del mundo. «Es una segunda conquista de Méjico. Pero esta vez los fieros conquistadores están representados por una maja aguerrida, sin duda, pero que se vale para atacar de sus grandes ojos negros, y, para defenderse, de un refajo bordado, como sólo se ve en el país de las castañuelas», le dedica, entre otras alabanzas, Le Trait D’Union del 2 de octubre de 1887 en el país azteca.

O en París, en Le Figaró; «Es, en una palabra, España entera la que respira y se mueve en la estrecha pista del Nouvel Cirque; España con sus bailes voluptuosos, en los que la Carmencita, La Cuenca y la García hacen gala de gracias exquisitas, de actitudes provocadoras y de elocuencia endiablada.

También sentó cátedra de sus vanguardistas bailes flamencos en La Habana, donde algunas insinuaciones, todavía por certificar, hablan de un final de su vida empobrecida, alejada del aplauso, cuando su genio según las mismas crónicas le había granjeado el poder artístico de dejar una gira por rivalidades de cartel con una compañera, justificándose, cual diva de entonces, en que el empresario no le servía vino a la hora de comer, como al parecer incluía en sus contratos.

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