No digas Led Zeppelin, di Robert Plant

Foto: Jaime D. Triviño. Starlite

Cuando vine a la ciudad la noche estaba repleta de garitos que te agujereaban los tímpanos con temas de Led Zeppelin. Yo era un agrorapero al que el hard rock le parecía una antigüalla que me estaba jodiendo la juventud tanto en cuanto en esos locales infectos, repletos de humo y en los que había colas de chavales en el cuarto de baño esperando su hostia consagrada, era la música que mandaba (también eran los bares que más tarde cerraban).

En esos lugares advertí, sin ponerle demasiada atención, que aquella sinfonía de guitarras afiladas eran algo demoníaco, en el buen sentido de la expresión, algo insuperable. Me divertí mucho en todo aquel tiempo y por eso creo que los Zeppelin estarán en mi memoria siempre con un regusto dulce. Sin ser yo experto en ellos. Anoche tuve la oportunidad de disfrutar de uno de sus componentes, miembros fundadores, del vocalista Robert Plant, toda una leyenda viva de los días de oro del rock que se asomó después de unos pocos bolos por España al escenario marciano de Starlite, donde las entradas cuestan un potosí y los tintos de verano se cotizan a 10 euros.

Yo ya iba avisado de que allí no iba a escuchar guitarras explosivas. Iba a estar delante del viejo vocalista británico que había inspirado a Mercury o Axel Rose o que con su grupo había conseguido marcas como vender más discos que nadie, solo superados por The Beatles, eso me era suficiente. Mi sorpresa fue encontrarme con un escenario repleto de instrumentos. Entonces albergué esperanzas de que algo gordo podía pasar. Y pasó.

El susodicho Plant, vicepresidente egregio del Wolverhampton Wanderers (esto me congraciaba todavía más con el personaje), llegaba con un pelazo de heavilón, pocas canas y una camisa de vaquero que bien parecía salido de una peli de los Cohen. No esperaba algo infernal de su majestad pero bien que me sorprendió. Plant brilló con algo que muy pocos mitos consiguen, su reconversión en otro pájaro que vuela libre y que no vive eternamente en el bucle de canciones célebres. De Zeppelin no regaló más de tres y totalmente transformadas.

Plant comenzó haciendo temas de su nuevo trabajo que fueron todo un gustazo y metieron al público en una onda suave pero con mucho flow. No le hace falta nada más que agarrar el pie de micro y zarandearlo un poco para darse cuenta de que con dos latigazos de garganta suya ya está pagada la entrada por muy cara que sea. Tiene carisma, tiene tablas y mantiene inquietudes. Sus facultades no están mermadas pese a las 68 primaveras que le contemplan y algún que otro guateque con refrescos y panchitos.

Esas inquietudes que decía son las que precisamente le hacen alejarse de Led Zeppelin para vender una banda de rock atípica, experimental por muchos momentos y con mucho de étnica. Por muchos momentos sonó folk, sonó a Delta del Misisipi, sonó a blues, sonó a África, sonó a celta, sonó incluso a electrónica y en todos esos inventos se imponía su actitud rockera, de provocación al público, de chulería divertida. Tiene Plant la sabiduría de reírse de él como rock and roll star que fue y la gracia de dirigirse al público para decirle “ándale, ándale” y picarlo cuando estaba más manso farfullando “¿ésa es vuestra sangre de toro?”.

Para el recuerdo de los que desde la grada lo gozamos quedará un set list variopinto; ‘Poor Howard’, ‘Turn it up’, ‘Black Dog’ (LZ), ‘Rainbow’, ‘What is’, ‘No place’, ‘Kings horses’, ‘Babe’, ‘Little Maggie’, ‘Fixin to die’, la mítica Whole Lotta Love (LZ) a la que siguió la no menos célebre Rock and Roll (LZ) para terminar con una digresión de las suyas de ahora en ‘California’.

STARLITE FESTIVAL
Calificación: ♠♠♠♠
16 de julio. Auditorio de la Cantera de Nagüeles. 1500 localidades aprox. Marbella. 22.00 horas.
starlitemarbella.com

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