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¿’El beso’ de Klimt o ‘Los amantes azules’ de Chagall?

El martes pude asistir en primera persona a un debate a pie de cuadro en el Museo Ruso de Málaga entre dos visitantes de la nueva exposición de Chagall (abierta al público hasta el próximo mes de enero de 2017) Ambos discutían sobre la belleza inmanente del beso ‘velado’ de ‘Los amantes azules’ (1914). Y sin haberle yo dado demasiado interés a aquel cuadro del pintor ruso-judío, un poco escondido a mi parecer entre el discurso de esta exposición, coincidí en la profundidad del lirismo que ambos destacaban, hasta escucharles que “aquel beso no tenía nada que envidiarle al famoso de Gustav Klimt”.

Perplejo por tamaña afirmación me fijé bien en la obra y acerté a encontrarle mucho misterio añadido, más que en aquel otro maravilloso cuadro que está siendo la imagen más repetida por los periódicos y por la propia producción de la muestra como la imagen más valiosa de esta selección, ‘El Paseo’. En éste lo onírico, lo surrealista y lo cubista tienen cabida si bien en ‘Los amantes azules’ todo se fía a un mensaje muy claro, el triunfo del amor pese a la ceguera que uno de los amantes puede exhibir. No hay otras corrientes. Es autobiográfico y por ello muy auténtico y sin ambages.

Es también ese color azul que Chagall usó de metáfora de la felicidad el que domina la estampa. El que asoció al enamoramiento que le hacía levitar con Bella, su pareja sentimental. Hay complicidad en ambos personajes de esta obra pero también un atisbo de incógnita sobre si uno ama más que otro, o quiere salir del lance cariñoso, más desdeñoso que el otro. Uno, repito está con los ojos velados. Ese desequilibrio tan propio de las parejas está en el sustrato intrahistórico del mismo. En esa extraordinaria expresión de ambos y ese color celestial marino la mirada queda ensimismada como si de un encantamiento insospechado se tratara. Hay profundidad, puede intuirse la intimidad de ese beso.

Con este gratísimo descubrimiento me dejé por el camino otras obras impactantes como ‘Judío con barba roja’ o ‘Barrendero’, las tres que más me gustaron junto con la mencionada de ‘Paseo’ y los amantes. Si bien la exposición me pareció una pasada para la sobrevalorada apuesta museística de franquicias de Málaga también hay que reconocer que son este puñado de obras las que sobresalen mientras el resto relatan, con menor impacto, el círculo familiar y bieloruso de la infancia del extraordinario pintor, que luego acabaría en París.

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‘El beso’ de Gustav Klimt.

Pensando en los besos como momento muy especial para retratar caí en la cuenta de que no había demasiados pintores que hayan captado ese gesto tan humano con celebrado éxito. Navegando por internet sólo encontré unas cuantas de cierta categoría. Habría que resaltar ese maravilloso ovillo sexual de Klimt, por encima de todas, una obra que llegó a venderse por 135 millones de euros, que se ha sospechado que también era autobiográfica y que se consideró hasta blasfema por cubrir de oro como a los pantocrátor bizantinos un acto explícito de cama.

Para esta escueta lista también hay varios besos de Picasso, que lo pintó todo pero que era más dado a la pornografía de alcoba, unos ‘Amantes’ también ciegos de René Magritte, impactantes, el fogoso arrumaco en una habitación de Eduard Munch, el hollywoodiano de Roy Lichtenstein, el político de tornillo de Dimitri Vrubel entre Breznev y Honecker, el fotográfico pasional de Robert Doisneau y en general unos pocos más que ejemplifican la poca producción de este tipo que existe en el arte contemporáneo.

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La obra pop de Roy Lichtenstein

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