Flaco favor se le hace al flamenco con la gratuidad".

— Diez razones para abolir los festivales tradicionales

El Festival Flamenco de Benalmádena, que concluyó hace unas horas, ha sido un despropósito más que otra cosa a mi parecer, lamento decirlo. Tampoco es poco habitual que los festivales estén mal organizados y resulten muy pesados. Y siento que me valga este ejemplo tan próximo a mi lugar de residencia como análisis paradigmático para una cuestión de fondo que veo alarmante, pese a que estamos en pleno siglo XXI. Y conste que hay honrosas excepciones, como en todo.

Y es que tras una maratón de casi cuatro horas me ha quedado la amarga sensación de que lo jondo tiene demasiados elementos técnicos en su contra para hacerse valer todavía como oferta cultural de primer orden, al menos en la provincia y sobre todo en sus pueblos y ciudades donde la oferta teatral el resto del año es muy escasa. Y repito no es cosa de Benalmádena, ocurre en toda Andalucía, lo que pasa es que Málaga, particularmente, tiene demasiados festivales y muy pocos teatros donde se prestigie de verdad esta música. Y me explico.

Quien escribe esto, de principio, es un joven aficionado al que le cuesta llevar a su pareja o amigos a estos eventos simplemente porque son soporíferos y en general más que ayudar al flamenco lo dañan y lo que hacen es reunir a una afición cada vez más reaccionaria y más poderosa en sus tesis, sálvase el que pueda.

Voy aquí a plantear una serie de cuestiones, que mucha gente del flamenco, sobre todo buenos aficionados, melómanos no solo de este género, conocen y comparten, pero que por miedo a sus todavía ‘señoritos’ de lo flamenco negarán en público. Lo voy a resumir en diez puntos que me hacen afirmar sin miedo a equivocarme que hay que abolir los festivales de flamenco tradicionales en general. Y no se asusten, hablo del formato. Y sé que con esto me ganaré la animadversión de muchos pero bueno creo que hago uso de mi libertad de opinión y tampoco tengo por qué estar en lo cierto.

1) Gratuidad: El Festival de Benalmádena en cuestión fue gratuito. Flaco favor se le hace al flamenco cuando profesionales de buen cartel como La Lupi, Paco Javier Jimeno y Ana Fargas o Manuel Moneo, se ofrecen sin pasar por taquilla. Eso excepcionalmente puede ocurrir. Pero está visto y comprobado que la gente en general no valora lo gratuito y se dedica a ir a estos sitios a sentarse en una silla y si no me gusta lo que veo y escucho me pongo a hablar con el de al lado. Sucedió en gran parte de este evento, sobre todo al final. Tras casi cuatro horas Manuel Moneo le cantó unas seguiriyas muy bien dichas a medio auditorio de sillas vacías. Horrible, tirar el dinero.

A estos grandes profesionales les va a costar ahora convencer a sus seguidores de que vayan a verlos a un teatro pagando, “porque ya los he visto gratis”, con lo que se hace un gran daño a su profesionalidad. Hay que poner entradas aunque sean muy baratas. Eso hace que el espectador valore lo que ve y lo respete.

2) Lugares singulares: Para el impulsor de los festivales flamencos no existen los lugares singulares. Existen las plazas grandes o los polideportivos. Esto es, para mejorar el entorno se deja en manos, no siempre, de técnicos municipales o de peñistas dados al barroquismo más kitsch, de un espacio que ya es feo de por sí. Esto viene a materializarse en escenarios tan desconcertantes como el del Festival de Benalmádena que pareciera un escenario más propio de un programa de José Luis Moreno.

Desde algunas programaciones se consiguió con éxito en las últimas décadas buscar enclaves singulares, arquitectónicos y de valor histórico en pueblos y ciudades para exhibir el flamenco. Baluarte de la Candelaria, Castillo de Gibralfaro etcétera, son buenos ejemplos. Pero parece que esto no cunde y es más barato lo otro. No ayuda.

3) Presupuestos/financiación: Quizá es el primer gran obstáculo o rémora con la que cuenta el flamenco menos profesionalizado. El grueso del presupuesto del mismo suele venir de fondos públicos. Hasta aquí todo bien, porque ocurre con otras músicas y nadie pone el grito en el cielo. Aunque se echa de menos más apuesta por lo flamenco en números generales y que se pudieran forzar más patrocinios privados que exijan más y que den más libertad a los organizadores a la hora de programar. Luego explicaré esto.

¿Qué ocurre cuando el dinero es público? Pues en los festivales flamencos ocurre algo muy simple. El Ayuntamiento va a querer apuntarse un tanto con este festival, aunque los alcaldes luego no hagan acto de presencia. Poniéndolo gratis se consigue que la gente diga qué bueno es fulano que pone gratis el flamenco… Ocurrió en unas vísperas de elecciones en Málaga recientemente. Hagan ustedes sus valoraciones. Y ojo esto puede ocurrir incluso contraprogramándose con otros eventos públicos pagados por la institución en emplazamientos cercanos.

Esto también supone que en manos municipales quedan muchas entradas para dar y regalar. Lo que siempre le gusta a los políticos para sentir el agradecimiento de su electorado. Si la organización queda en manos de los peñistas pues se favorece a los peñistas mismos pese a que el dinero que impulse el festival sea de todos los ciudadanos, no de estos pocos. Esto es la regla general. Además los peñistas aprovecharán para que el artista les haga precio. Una estrategia más que extendida porque luego lo llevarán a su peña en otro bolo. Dos en uno y aprovechando el dinero de todos. Así tampoco se ayuda al prestigio ni a la profesionalidad del artista.

4) Cachés: En los festivales se suele pagar mal a los artistas del flamenco. “Porque sois muchos y hay que pagar muchas cosas”. Este punto se contesta casi con el anterior. El flamenco suele tener un precio para teatros y otro para estos eventos. Eso no ayuda a mejorar su valor ni a dar una imagen seria. Los programadores teatrales tratarán, y tienen ya la idea preconcebida, de que los flamencos tratan de engañarlos. Otra consecuencia; que hay flamencos que tendrán muy difícil actuar en un teatro porque han ‘tirado’ mucho sus precios, se han visto obligados a hacer muchos festivales, están muy vistos y ya nadie tiene interés en contratarlos para teatros de categoría con precios similares al resto de artistas. No van a llenar.

Hay que decir que aquí se da un ejemplo de la pescadilla que se muerde la cola. Los teatros apenas programan flamenco porque el flamenco tiene sus propios festivales. Otra rémora para su crecimiento artístico de verdad. Pues todo el mundo sabe que en los teatros crece la comercialidad del artista.

5) Sonido y condiciones técnicas . En estos lugares donde se celebran los festivales se tienen que improvisar las condiciones para dar un concierto. Son prohibitivos para el baile, que casi siempre sale mal parado. Las empresas que se contratan suelen trabajar mal en ellos porque van a precios muy ajustados. No son profesionales que tengan mucha experiencia en el flamenco y es complicado tener unas condiciones técnicas que gusten a los cinco o seis cuadros que actúen. Es un desastre habitualmente. Tampoco favorece.

6) Duración. La duración es la madre del cordero pero nadie parece decir nada al respecto. ¡Nadie salvo un sádico, o un aficionado al alcohol (como puede ser mi caso) puede mantener la concentración, o la evasión silenciosa como es mi caso, en una música que la requiere mucho más allá de dos horas seguidas. Es científico, no cosa mía. Aquí en casos puede llegarse a las seis horas y sin problema. Es inhumano. Así nadie al que le guste esto puede tirar de gente neófita para una primera vez porque lo que consigue es que no vuelvan nunca más. No se debe gastar dinero público para un grupo reducido de ‘hartibles’ al que esto le parece normal, el flamenco debe tender a expandirse a otros públicos como todas las músicas.

7) Espectáculos. Es bochornosa la repetición de cantes en el plantel de artistas que salen a actuar. Como cada uno va a su avío y nadie los organiza bien se repiten cantes y letras a mansalva. El espectador algo avispao ve una desconexión total entre los elementos del ‘espectáculo’.

Pasa que en esos festivales afloran los iluminados por la vena creativa, pese a no haber sido nunca regidores ni haber coreografiado nada, ni haber estudiado nada que tuviera que ver con las artes escénicas o la comunicación de ningún tipo, pero al que le parece que puede componer un espectáculo con todo aquello. Y a veces, digo a veces por no ser cruel, es peor.

Si en vez de festival hubiera la actuación de tal o cual artista, o dos como máximo, esto haría más sencilla la cosa y tendría menos parones. Sería más un espectáculo compacto que la concatenación de unos artistas que aburren hasta el límite. Se ganaría en impacto y ya se sabe que al espectador hay que dejarlo siempre con ganas.

8) La confección de los carteles. Los ayuntamientos, principales ponedores de los festivales, suelen dejar la elaboración de los carteles en manos de los peñistas de lo flamenco. Así escurren el bulto y se ganan unos cuantos votos, los de los peñistas, sin ponerse en entredicho. Estos suelen componer, repito con dinero público, unos carteles a su gusto. Ole ahí la democracia. No en relación con los méritos acreditados de los artistas sino con sus gustos y probablemente con los gustos que tenga en llevarlos a su propia casa o peña para que le cante allí el artista de turno. Es la prolongación del señorito antiguo pero a través de un mecanismo más sutil. Si existe el que no le baila el agua a la peña se le castiga sin llamarlo. Así el flamenco está lleno de malos rollos.

9) El formato y las barras libres. Lo hemos tratado en varios puntos anteriores. A mi parecer y en el de muchos artistas de acreditada categoría que se lo pueden permitir y no van a trabajar en los festivales, estos no tienen el formato adecuado. En resumen, debería tenderse a un espectáculo de un único artista en un lugar especialmente atractivo, al aire libre siempre que se pueda ofrecer unas condiciones técnicas, de silencio y de belleza del entorno. ¡Y por favor pongan las barras libres fuera de estos recintos o a un kilómetro de las mismas! Debería abolirse el comer o beber delante de los artistas, por el propio respeto al que se sube a un escenario (y que conste que un servidor lo ha hecho y es consciente de que es una falta de respeto). Hay que imponerlo si de verdad respetamos este arte.

10) Los cuartos de cabales o la fiestecita de después. Reminiscencia denigrante (en algunos casos) donde las haya. Los festivales suelen terminar con el artista en camerinos casi a las tantas de la mañana. Reconozco que también he asistido a ellas y que es una de las cosas que más nos gustan, pero ojo no hay que confundir con forzar a un artista a echar un rato que algunas veces ocurre de forma demasiado explícita y podría estar tipificado hasta por ser una manera de explotación del trabajador (y sí reiros de esto que digo, aquí es donde cierta corriente antiprofesional se hace fuerte y aprovecha para decir qué bueno es mengano porque se quedó un ratazo luego con nosotros cantando).

Salvo que a un artista le apetezca seguir, que es cosa rara después de las palizas que se meten desde que prueban sonido hasta que tienen que volver a sus casas, esto debería perseguirse. Un artista debe decidir si ofrece este regalo o no, no debe sentir nunca que tiene que ofrecer un extra a los más recalcitrantes aficionados, a menudo los peñistas que le han dicho que lo han contratado, salvo que esté por contrato o esté bien pagado. Es indignante e inhumano y sabemos que se fuerzan muchos de estos momentos tras los festivales. Y el que crea que estos casos ya no se dan, se equivoca.

Si se da que se dé con total naturalidad porque quiera el propio artista, que es muy poco habitual. A estas horas el ambiente se enrarece y llegan las propuestas de más alcohol a los artistas y más cosas. Hay que pensar que a muchos de ellos se los ha cargado este exceso de cariño, por no ser más explícitos, este entregarse a sus deseos. Por favor, vamos a eliminar ya esto porque sigue existiendo y es aplaudido.

También cabría decir fuera de estos diez puntos la nefasta comunicación que se hace habitualmente de estos eventos. La imagen de cartelería se está mejorando a marchas forzadas pero se sigue negando dejar esto en manos de profesionales cuando está comprobado que un cartel anunciador pintado o diseñado por un profesional, o con una buena elección de fotografía, mejora la imagen del evento y mejora la calidad de sus espectadores.

Ni qué decir tiene que los eventos flamencos se comunican a los medios como si se tratara de hechos clandestinos. Aunque se hacen ruedas de prensa de ellos ya más habitualmente para presentarlos cuesta que los políticos, que se hacen fotos con otros Patrimonios de la Humanidad con naturalidad y abundancia, se lo hagan con estos. Porque ya se sabe que el flamenco es un arte asociado a la juerga y la informalidad…

Todas estas cosas que aquí cuento y que parecen muy de perogrullo, para otros flamencos de otros territorios y organizadores de actividades culturales de diverso tipo, siguen lastrando a un flamenco que lejos de convertirse en un gran aliciente cultural y de ocio en la provincia de Málaga sigue instalado en cuestiones más propias del siglo pasado. A ver si cambiamos y vamos dándonos cuenta de todas estas circunstancias que no dignifican a una de nuestras potencias culturales, sociales y económicas más valiosas aquí y valoradas en el extranjero y que bien llevada es una industria de generación de empleo muy muy importante.

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