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Farruquito bajo la ley de su sangre

Llevo gran parte de la mañana tratando de encontrar las claves exactas del baile de Farruquito, por extensión de los Farrucos, y todo el tiempo se me mezcla con lo que mucho que representa esta figura artística fuera de los escenarios y la enorme responsabilidad que acarrea ello fuera de los focos. Anoche ofreció un show espectacular en Fuengirola, a los pies del Castillo Sohail, con un mar iluminado por una extraordinaria luna llena, y entiéndase lo de espectacular porque lo técnicamente artístico a veces pasa a un segundo plano en este tipo de acontecimientos.

Sin ser el mejor escenario, por lo excesivo de sus dimensiones y lo distanciado de su público para disfrutar de un espectáculo de baile que fía gran parte de su éxito a erizar las pieles y a los arranques de genio, Farruquito sentenció que tiene trono propio en esto del baile y dejó a todo el respetable, que casi llenó el enorme graderio, saciado y confiado en que está mejor que nunca como rey del baile más apegado a la tradición gitana-familiar.

Sus pies son la velocidad de Usain Bolt pero como bien me dijeron de una butaca de al lado lo más difícil es cómo se para, mide y vuelve a retomar su fraseo. Habla más por sus silencios que por su derroche de acrobacias primorosas. Luego tiene algo, un carisma especial, una figura fina como un junco, una cara guapa y una elegancia diferente. La genética es el argumento más fácil para justificar su éxito pero es que este sevillano ha vivido desde bebé en un escenario, de un teatro o en cualquier rincón de su casa que también son escenarios para él.

Todo ello lo abocaba sin mucha capacidad de escapatoria a ser figura del baile como tradición de clan. Y ojo en sus piernas hay un entrenamiento de elite, no es inspiración divina todo, hay horas y más horas frente a un espejo. Una lección importante para todo aspirante a bailaor o a querer ser ídolo de algo.

Además de todo esto a Farruquito lo recubre el consabido éxito y fatalismo familiar en dosis similares, un destino sin medianías, la envoltura lorquiana de los de su raza y que convierten a esta suerte de Jackson-5 a la andaluza en un fenómeno de masas, más aplaudido fuera de España si cabe que dentro, donde se les venera pero se echa en falta más respeto a su arte.

Como grandes conocedores de la fórmula de la Coca-cola, los Farruco ya tienen nuevo gancho (hoy estará en las redes sociales de medio mundo), nuevo heredero del legado y es el hijo de Juan Manuel que con una desenvoltura fuera de lo normal e impropia de sus pocos años se marcó un baile para comérselo y que dejó escrito en el suelo que la saga continua, que no hay manera de empatar con unos bailaores que comen, respiran y se reproducen en flamenco.

Como una de las preguntas recurrentes tras el concierto estaba el decantarse por cuál de los Farrucos es el mejor bailaor del cuadro. Al margen del liderazgo asumido de Farruquito; el Farru, el Carpeta, el Barullo, Africa Montoya o el Polito representan la quintaesencia de la escuela genética y sería muy difícil decidir si uno de ellos tiene menos capacidades que otro.

Respetando todos los gustos, me sorprendió especialmente el baile de muchas variantes del Barullo aunque reconozco que en la profesionalidad del Farru y en ese algo negroide de Africa Montoya anda lo que más me llenó. Encarna Anillo al cante volvió a ser seda y profundidad para un espectáculo de truenos y relámpagos, oles a compás del gentío y en general el acto social en el que ya se ha convertido un espectáculo de Farruquito-Farrucos, a la altura de los líos que formaba un tal José Monge Cruz.

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