Fahrenheit 451: La profecía de la persecución de los libros se aproxima

“Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo (…) Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre culto”, le dice Beatty, el jefe de los Bomberos, a su subordinado Montag, que duda sobre el mundo distópico de Fahrenheit 451, uno de los relatos universales de Ray Bradbury, que ha caído demasiado tarde en mis manos (más vale tarde que nunca). Ese mundo en el que todos están obligados a ser felices y a no pensar demasiado. ¿Les suena a algo? ¡Qué profético!

Este mismo personaje de la novela-ficción, en la que los bomberos no se dedican a apagar fuegos sino a provocarlos en las casas de los disidentes que guardan a escondidas algún libro, le explica a Montag, el protagonista que acaba revelándose contra esta felicidad de mentira, cómo llegaron hasta ese estado. Y el background da un poco de miedo: “La verdad es que no se nos sitúa (a los humanos) muy bien en el tiempo hasta que la fotografía se implantó. Después las películas, a principios del siglo XX. Radio, televisión. Y así empezaron los fenómenos de masa (…).

Y como se trataba de fenómenos de masa, las cosas se hicieron más sencillas. En cierta época, los libros atraían a determinada gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era vasto. Pero luego el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Películas, radios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad (…).

Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en un resumen de diccionario de diez o doce líneas…”. Y añado yo al texto de Bradbury, “y luego a 140 caracteres (Twitter) y luego a una imagen (Instagram). ¿Y es que no hemos llegado al comienzo de ese mundo distópico de Fahrenheit 745?

Leía estas líneas del libro hace unos días y me sorprendía especialmente que hiciera ese ejercicio de ficción hace 63 años, lanzando una profecía que parece irse cumpliendo a pies juntillas. Voy a ir escondiendo la Biblia y el Quijote por si acaso. Y a ustedes les recomiendo, permítanme que me tome esa licencia, su lectura, la de Fahrenheit 451, y en la medida de lo posible que no reduzcan su mundo a una foto feliz de Instagram, donde no hay problemas, y donde el que esto suscribe ya está haciendo el tonto y pareciendo muy interesante como el resto. ¡No dejemos de leer y de preguntarnos cosas, no seremos más felices pero quizá sí más libres!

 

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