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Aquel desencuentro histórico entre Rubén Darío y Salvador Rueda en Málaga

 

Ahora que se cumplen cien años de la muerte del poeta Rubén Darío recupero este texto que escribí para la revista Litoral para recordar aquella ‘pelusilla’ que ya exhibió el nicaragüense en vida con respecto al otro gran poeta en español de su tiempo, el malagueño Salvador Rueda. Aquí ambos en Málaga en 1904 y sin verse…

Fue una luz cegadora y curativa la que le atravesó el hígado deteriorado por el alcohol, para ver en la ciudad de su amigo Alejandro Sawa y de su enemigo íntimo Salvador Rueda, el parnaso que buscaban los parisinos. El poeta del cisne y del Azul más glorioso, llegó a Málaga cuando ya tenía en su maleta recorrida toda la geografía gigantesca de América y ese aire prosaico colosal de Víctor Hugo mezclado armoniosamente con el exotismo selvático de su Nicaragüa natal. Ya era el Príncipe de las Letras Castellanas cuando desembarcó en el gran pueblo colgado del cielo y las guas, de las mil taberna y ni una sola librería, para encantarse con lo pintoresco del paisaje humano y urbano.

Félix Rubén García Sarmiento o lo que es lo mismo Rubén Darío se deslumbró del clima y de muchas cosas más halladas en este cachito de Andalucía, donde su amigo el cónsul colombiano Isaac Arias le había invitado a venir para curarse de una bronquitis de origen alcohólico. En este gozoso desembarco muestra su fascinación repetida por lo que de herencia moruna queda en sus calles y en los ojos negro azabache de sus mujeres, a las que requiebra al menor descuido en su libro ‘Tierras solares’ publicado en 1904, un año después de su prolongada estancia de dos meses en el Hotel Alhambra.

“El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a la fecundidad malagueña y su singular encanto a la hembra malagueña”, canta mientras descubre y se destapa como un avezado conocedor del flamenco y deja cuenta de ello en su exhaustiva visita al Café España, uno de esos salones cantantes donde el dorado de otra época se está tornando menos suntuoso en favor de un brillo más apagado para el cante más edulcorado del incipiente turista. Pero también llaman la atención del prócer del Modernismo el tipismo en decadencia de barrios como El Perchel y la Trinidad, mientras se lamenta de que “más del lado del mar surge una Málaga cosmopolita y nueva”.

Pero por encima de todo resalta una ausencia en la descripción, un nombre ignorado, un silencio doloroso, Salvador Rueda, mientras que sí alude a otras plumas locales menores que no acuden cada tarde rutinariamente a la bodega de la Casa del Guardia como el poeta de Benaque, que muy cerca está de su hotel y que vive a los pies de la Alcazaba, a tiro de piedra de su lugar de residencia por esos dos meses. Ambos que se había hecho merecedores a los dos lados del Atlántico del trono del verso alejandrino, rivalizaban por entonces en desigualdad de fama, y ya quedaba olvidada la alfombra tendida por Rueda a la llegada de Darío a España; “Al que del lado allá del mar ha hecho la revolución en la poesía; el divino visionario, maestro en la rima, músico triunfal del idioma, enamorado de las abstracciones y quintaesenciado artista llamado Rubén Dario”, le escribió. De la misma manera el nicaragüense prologó con ‘Pórtico’ el libro ‘En tropel’ de Rueda, composición que más tarde incluiría en sus ‘Prosas profanas’. “Francas fanfarrias de cobres sonoros/ labios quemantes de humanas sirenas/ ocres y rojos de plazas de toros/ fuegos y chispas de locas verbenas (…)”.

En esa larga visita, Darío descubrirá aquella otra luz que alumbra el carácter del lugareño, por la que al John llama Don Juan y al Michael, Miguelón. La buena sintonía entre éste y el inglés, postrero viajero romántico, era ya entonces instantánea y salta también a sus textos. “Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y hay, andando en el tiempo, deseos del entronque rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva”. Da cuenta de todo, hasta del agitado ambiente político y la alta tensión proletaria en una ciudad de Larios y Heredias que en pocos años ha perdido el tren de la competitividad industrial.
130.000 boquerones bajo la mirada indagadora del poeta que todavía no confiaban en que la Sociedad Propagandista del Clima creada pocos años antes sería su futuro y que los ilustres prohombres del mundo vendrían a glosar sus bondades al rico baño de sol y mar.

El Parque de Málaga recién ganado a las aguas cuando aquel desencuentro, sería décadas después lugar común involuntario de homenaje a esta enemistad personal, por un flanco que mira a oriente se corona el busto del nicaragüense, mirando a ese Mediterráneo europeo que tanto le sedujo. Y por la otra punta que mira a América, la escultura de Salvador Rueda. ¡Qué grandeza de dos colosos de la poesía universal en menos de un kilómetro de selva urbana!. Pero cada uno mirando opuestamente. Aleatoriamente dándose la espalda de piedra eterna. Y aunque Darío olvidó esa parada en casa de su ‘amigo’, debieron sonarle a macabra venganza del destino los no muy lejanos ecos de la coronación como Poeta de la Raza de Salvador Rueda en La Habana en 1910, cuando él, despreciado por el dictador mexicano Porfirio Díaz, llegó a la isla y empuñó su revólver para quitarse la vida, quizá recordando que obligatoriamente debía compartir la fama del Modernismo con un viejo e ignorado conocido de Málaga.

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