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Los Puercos abre con grandes pretensiones Factoría Echegaray

 

Hay que reconocer de principio que la idea de Factoría Echegaray con la que la dirección de los teatros municipales trata de reactivar la escena dramatúrgica local es ya plausible. El ciclo más esperado por esta escena malaguita ya ha conseguido tener al menos un espacio de referencia desde el que luego, posiblemente, girar por la provincia y otros destinos. Una apuesta cultural razonable para darle sitio a una industria cultural que como toda industria necesita de apoyos públicos al menos hasta su desarrollo más avanzado.

El caso es que un servidor tuvo la suerte de asistir a la segunda de las funciones de ‘Los Puercos’ la obra dirigida por el ínclito autor malagueño Ignacio Nacho. Ya entiendo que con menos público que el del estreno, que supongo fue un lleno. Se apostaba para esta puesta de largo por un nombre ya rumiado y habitual en los círculos del género y que en esta propuesta acierta con la radiante actualidad de la esencia de la obra; la degeneración manifiesta de la especie.

También es de nota en la misma; la presentación escénica, los movimientos de los actores, que acaban generando inquietud, asfixia, todo soportado sobre un elenco sin fisuras (chapeau por los tres actores), tono ‘Godot’ y una escenografía, efectiva sin alharacas. El relato está sazonado con abundantes sentencias filosóficas, muy brillantes aunque por momentos esto cae en cierta densidad, algunos trances resultan intrincados y si se me apura, en general, vuela con las pretensiones muy altas.

La obra aún así es todo un acierto (está en cartelera hasta el 15 de octubre, ya veremos si la taquilla funciona tantas sesiones) para abrir este contenedor con aspiración de viaje, porque tiene condiciones para pisar tablas de solera. El teatro del absurdo y hasta el surrealismo por momentos de Beckett o de Arrabal tiene en esta hora larga un buen ejemplo. Genera en el espectador ese tipo de risa cargada de amargura y bilis.

‘Los puercos’ cuenta la historia de un individuo deleznable, miserable, abyecto que es dueño de un emporio y que regresa con su hijo y su chófer de la fiesta de graduación de su vástago. En el trayecto de vuelta a casa se tropiezan con un camión volcado cargado de cerdos, de los que parte han huído, a los que el rico hombre deleznable va a tratar de atrapar simplemente para que nadie pueda disfrutarlos gratuitamente.

En este interin le confiará a su hijo algunos dolorosos secretos sobre su origen mientras que su chófer aparece como un buen ejemplo de empleado abnegado, hoy tan extendido, esclavizado bajo la más vil tiranía de éste. Ocurrirán hechos decisivos y el hombre que vive en la opulencia acabará dándose de bruces con una realidad indeseable para él.

En resumen, una obra recomendable para estos días en los que la porquería nos rodea de forma estentórea. Las ganas de joder a los demás por el mero placer de verlos sufrir está ahí presente a menos que uno escrute un poco lo que vomita el televisor a la hora del telediario.

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