El Brujo.

La palabra, la misericordia y el 21% entre el Brujo y los ‘Misterios del Quijote’

¿Y si el Quijote fuera una obra cristológica? Ése es al menos uno de los caminos abiertos por El Brujo en sus ‘Misterios del Quijote’, obra que trajo este fin de semana por el Teatro -precisamente- Cervantes de Málaga. Goce total el que regaló a todos los asistentes, que reímos a mandíbula batiente y a la vez ejercitamos algo la memoria y el pensamiento, del libro que muchos empezaron y pocos terminaron, para divagar con alguna prueba de consistencia, o no, sobre la verdadera naturaleza oculta de la probablemente mejor obra literaria jamás escrita. Eso y la moraleja con la que al final nos despidió, en la que todo parece resultar un truco, un invento o un homenaje a la palabra, a la transmisión narrativa en letras grandes, que al final y al cabo es el sustrato de cualquier obra artística.

Como era de esperar el cómico cordobés no defraudó en su conexión con el público desde el minuto uno. Juglar, goliardo y romancero si hace falta. Se notó una especial sintonía, jugaba en casa y el teatro presentó una entrada muy vistosa. “Esto en Valladolid cuesta más”, vino a decir sobre alguna broma con mucha ironía.

Desde una introducción que pudiera parecer más bien del Club de la comedia, en muchos momentos, más que de sus sesudos e inspirados monólogos, el Brujo tiró de actualidad, algo que enloquece a la grada. Bromeó con el siseo con el que habla Rajoy y el 21% del IVA a la Cultura, constantemente, se rió de sí mismo todo el tiempo tras los efectos sufridos de su separación que lo llevaron a Silos y al Quijote en su biblioteca, y hasta dijo que algún día los taxistas recordarán a Carmena como una gran alcaldesa… Figúrense qué disparates más razonables.

El Brujo dibujó algunas escenas memorables valiéndose todo el tiempo de una burla falsa a la vanguardia. Hizo teatro de vanguardia riéndose de él. Genial. Hizo un homenaje al propio libro de Cervantes, pura vanguardia, aunque los más se hayan quedado en una parodia a los libros de caballerías. Transitó el mayor tiempo por una charla amena con el público cargada de anécdotas, en las que el Quijote pasaba de refilón en unas y otras para realmente estar haciendo una deconstrucción de lo que hoy día es el Quijote, un fenómeno ajeno a la literatura.

Acudió al teatro dentro del teatro. Hizo la reinterpretación de Las Meninas de Velázquez por Picasso, pasadas luego por el tamiz de Manolo Valdés en clave cómica. Con una silla, una mesa y cuatro velas colgadas del techo a modo de botafumeiro. Sólo con eso y el ingenio armó una obra equívocamente sencilla. Complejísima y profunda.

‘El Quijote como juego’ de Torrente Ballester fue una de sus inspiraciones para este monólogo cargado de interpelaciones al público, y a partir de ello trazó una indisimulada relación entre Jesucristo y el Caballero de la Triste Figura, en pasajes con mucho de clónicos como su investidura como caballero andante en una venta donde declaró doñas a dos vulgares rameras, como Jesús trató exquisitamente a María de Betania en el pasaje en el que ungió sus pies con caros perfumes.

También en esta línea cristológica está el pasaje de los galeotes en el que el Quijote demuestra un enorme corazón y misericordia, con unas palabras propias de evangelio, ” me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”, otra línea que El Brujo acertó a enhebrar con la del Nazareno.

Así con estas erudiciones y algunos pasajes familiares de cómo su padre le contaba el Quijote a él de niño, divertidísimos, el Brujo terminó de una manera preciosa lo que había empezado de una forma dubitativamente falsa de cuáles fueron las intenciones del Manco de Lepanto y elevando su grandiosidad a cotas más altas de las que imaginamos, dentro de la honestidad de la pura palabrería. Palabra.

 

 

 

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