Secretos de la Aduana 1

— El cuadro de la agresión, prisión y ocaso de Bernardo Ferrándiz”.

El recién inaugurado Museo de la Aduana en Málaga encierra algunas historias dignas de ser rescatadas del olvido. Algunas turbulentas como ésta. Uno de sus cuadros más aparentemente insignificantes y notoriamente poco valiosos desde el punto de vista artístico es ‘Postrimerías/ a moro muerto, gran lanzada’. Está en una esquina intrascendente de la primera planta y pasa totalmente desapercibido si no es porque la leyenda que acompaña a la tétrica escena representada, un ratón que corretea por entre los huesos de un gato muerto, hiela un poco la sangre y pone a cavilar al espectador. Lo macabro no es sólo cosa de la tela sino del marco también, en el que está escrita una leyenda que tiene mucha miga y ahora paso a relatarles.

El cuadro en cuestión resume una historia bien conocida en la Málaga finisecular del XIX. Es en cuestión una esquela, el acta de defunción simbólica del quizá pintor más célebre de aquel tiempo, quizá el pintor más importante afincado en Málaga de todos los tiempos, quizá la época más dorada de la escuela pictórica local. Háganse una idea.  El autor que en ese cuatro se autorretrata como un gato muerto no es otro que Bernardo Ferrándiz, de origen valenciano y que llegó a Málaga ya con una trayectoria profesional de cierto éxito para morir en el ostracismo total. Hay muchos grandes cuadros suyos en esta pinacoteca, tiene un busto en el Paseo del Parque y es el autor del majestuoso lienzo que adorna el techo del Teatro Cervantes local. Una institución.

A Málaga llegó para ocupar la Cátedra de Colorido y Composición de la Escuela de Bellas Artes de San Telmo tras haberse formado en Madrid o Italia o haber viajado por África. De su magisterio e impulso surgió la quizá mejor generación de pintores que haya dado la ciudad. De él se dice que atrajo a la ciudad a otro de los grandes; Muñoz Degrain, paisano suyo, y que como discípulos ilustres se dice que tuvo a Moreno Carbonero, José Nogales o el mismísimo Enrique Simonet, con la a postre el cuadro más totémico de la colección aduanera, ‘Y tenía corazón’. Todo este legado se le tornaría inválido.

De las manos de Bernardo Ferrándiz han salido obras majestuosas como ‘El Tribunal de las Aguas’ o ‘Caridad y Amor de Dios’ y otras muchas que sobre todo reflejaban el costumbrismo y la cotidianidad de la época. Pero de las mismas manos surgió un 29 de octubre de 1880 la agresión al académico Juan Nepomuceno Ávila, ‘arquitecto provincial’, amigo del Marqués de Salamanca, en un día que supuso el principio de su fin. El ratón de la obra en cuestión.

En aquella reunión donde iba a salir defenestrado el valenciano, que por entonces ostentaba la dirección de la Escuela, existía un ambiente caldeado de antemano. Ferrándiz había conseguido prestigiar la Escuela de Arte de San Telmo elevando el nivel de la formación (a la vista quedaron sus sucesores) y haciéndose opositor a los continuos problemas económicos que evidenciaban los rectores de la misma; los académicos, entre ellos el mencionado Ávila, de enemistad con éste anterior a aquellos hechos de 1880. La gota que colmó el vaso para Ferrándiz aquel infausto día fue que los académicos negaron la dotación económica para los premios de las nuevas especialidades pictóricas. Al gran pope de la pintura local se lo llevaron los demonios y llegó a las manos.

Detalle 'A moro muerto, gran lanzada'.CastillodelInglés

Detalle ‘A moro muerto, gran lanzada’.CastillodelInglés

El hecho es referido en los medios locales de entonces con mucha cautela aunque lo poco que trascendió encierra la gran gravedad de lo ocurrido. Ávila no sólo consiguió que Ferrándiz fuera expulsado por aquello de la institución, suspendido de empleo y sueldo, sino que luego además fue acusado penalmente de intento de asesinato por lo que acabó yendo a prisión. Tras este paso contrajo una enfermedad que a la postre le produjo la muerte. Murió cinco años después del incidente, en el más cruel ostracismo.

Este hecho estaría reflejado en el mismo título de esta metáfora pictórica; ‘A moro muerto, gran lanzada’, en la que Ferrándiz admite que con sólo el hecho de haberle alejado de las aulas y de su principal sustento ya habría sido suficiente para acabar con él. Sin necesidad de haber caído entre barrotes. La gracia del caso es que Ferrándiz no dudó en ser el gato y seguir dándole el papel de ratón insignificante, pese a haberlo matado, a Ávila. Aquel gato precisamente que había pedido dignificar unos premios con dotación económica, dignificar la pintura.

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