Francis Bacon.

Francis Bacon, Málaga, Parladé, Woolley, Picasso

Está escrito de forma inapelable en su biografía, Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992) decidió hacerse pintor tras ver una exposición de Picasso en la galería Rosenberg de París. Desde ahí en adelante son muchos los lugares comunes que han unido a dos de los pintores más trascendentales de la historia del arte contemporáneo. Algo poco conocido, el amor compartido por Málaga/Marbella, España.

Precisamente es a los 25 años de la muerte del irlandés (cumplidos hace tan sólo tres días) que regresa por los terrenos sagrados donde nació su idolatrada advocación más firme, la picassiana. Lo hace en forma de exposición compartida junto a otros compinches londinenses como Lucien Freud o William Coldstream (¿Dónde estaría la botella de mezcal?) Para ponerle a Málaga el grito larvado de sangre y sufrimiento de un “hombre siempre a punto de estallar” como lo definió el churrianero Paul Bowles.

‘Bacon, Freud y la Escuela de Londres’ es una extraordinaria ocasión para descubrir la volcánica potencia interior que movía los pinceles del dublinés. Ahí está su iracundo grito de las Furias en ‘Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión’. Estremecedor conjunto. En el recuerdo reciente la maravillosa exposición que le dedicó el Prado en comunión con sus maestros, Velázquez al frente.

Es este cuadro, ahora en Málaga, por poner sólo un ejemplo el que subraya su amor por los clásicos del Siglo de Oro español que tan bien trabajó Picasso (Las meninas de Velázquez) como estudiantes ambos de la colección del Museo del Prado. Bacon, que incluso cuando ya iba a morir en Madrid pidió despedirse de estos clásicos en una visita privada a la pinacoteca, seguro que ya le había echado el ojo al extraordinario lienzo de José de Ribera ‘El españoleto’ que como nadie quizá en la historia de la pintura mostró la carne lacerada en esas Furias. De fondo queda el sadomasoquismo practicante que también movería a Bacon a estas temáticas de los cuerpos en escorzos heridos.

A Bacon, que también nació a finales de octubre como Picasso, le fascinaba España. Tuvo un amor último en la capital. Le gustaban sus corridas de toros, a las que dijo que no necesitaba ir a muchas para guardarlas para siempre en la memoria, o el flamenco del que también disfrutó alguna noche en el tablao madrileño de Casa Patas. Dos gustos comunes para ambos genios.

Tuvo Bacon amigos malagueños como el decorador internacional Jaime Parladé, nunca bien homenajeado en Málaga y Marbella tras su reciente muerte, y sobre todo a su esposa Janetta Woolley miembro titular del grupo intelectual de Bloomsbury, ahora residente en Madrid, que también podría haber aparecido como guinda de ceremonia en la inauguración de esta exposición. El pasado bohemio de ambos, presente siempre en Bacon, les unía en sintonía.

Parladé, por su parte, dijo de él que “era adorable, inteligentísimo, gracioso, irónico, rápido, divertido, encantador, ameno, mordaz, muy amigo de sus amigos y que no aguantaba a los pelmazos”. Tanto que llegó a darle aposento un mes en la Torre de Tramores de Benahavís en Málaga, que luego tendría otros pasajeros ilustres de sus estancias. Aquellos encuentros amistosos le sirvieron de regalo de un cuadro con su firma, que hoy valdrá un potosí.

“Le gustaba tanto, o más, el vino que la pintura”, dijo el decorador de su satánica majestad irlandesa después de pasearlo en 1972 por lugares que le gustaron como el salón comedor del Hotel Alfonso XIII de Sevilla, Arcos de la Frontera o Sanlúcar. La naturalidad y predisposición a la fiesta de las gentes del sur parece que casaron bien con Bacon que en la Costa del Sol y de la mano de Janetta rememoraría aquellos locales del descoque del Londres más exquisito y a la vez más disoluto.

Si quieres saber más de la exposición del Museo Picasso Málaga pincha aquí.

Si quieres saber más de Parladé y su relación con Marbella pincha aquí.

 

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