Gerald Brenan en El País.

Brenan, de borrachera olímpica ante la Virgen del Rock (del Rocío)

Foto El País

24 de mayo de 1958. El escritor Gerald Brenan (Malta, 1894-Alhaurín de la Torre, España, 1987) por entonces recién rebautizado Don Geraldo en su publicación de ‘Al sur de Granada’, pone un pie en El Rocío, para vivir la romería del Rocío. Sí, han oído bien. Gerald Brenan, uno de los mejores hispanistas y viajero impenitente, miembro del famoso grupo de Bloomsbury, estuvo en El Rocío y vivió su “borrachera olímpica” -precursores de Woodstock a su manera- en un episodio que le contó por carta a su gran amigo Ralph Partridge. Junto a la Virgen del Rock, como la llama, por su bailar desacompasado sobre las gentes del lunes de procesión.

Brenan no fue desde Churriana (Málaga) a pintar un cuadro etnográfico precisamente de la folclórica y tradicional estampa que cada año por estas fechas regala ese paraíso situado entre las marismas del Guadalquivir y el Coto de Doñana. Ni tampoco a arrodillarse ante la Blanca Paloma. Brenan fue a vivir una extraordinaria y báquica experiencia que le hizo por momentos olvidarse de sus rutinas y del paso de los años. Tal y como la vive mucha gente.

Lo hizo además formando un triángulo amoroso-naif con su mujer, la también escritora, Gamel Woolsey (1895-1968) y una jovencita inglesa, díscola y aficionada a las drogas residente en la Costa del Sol a la que doblaba la edad, Hetty MacGee. Esto le fascinó más que nada realmente.

No iban sólos estos tres amigos sino que también les acompañaban algunos compinches de La Cónsula como Jaime Parladé con su mayordomo y dos gordos cocineros mariquitas (como él los llama), Xan Fielding (a la postre su biógrafo epistolar) y Daphne Bath o la duquesa Deborah Devonshire, además de su también amigo escritor Guy Murchie y Katie, su mujer, la cual le reprueba en los cuatro días que pasan en la aldea almonteña sus flirteos con la jovencita Hetty.

Hay una descripción rica de lo que ven sus ojos por primera vez y un resultado de lo vivido que traslada a su amigo Ralph: “he pasado cuatro de los más felices y deliciosos días de mi vida” y “nunca me olvidaré del Rocío mientras viva, su asombrosa belleza y su alegría; lo más maravilloso que he visto en mi vida”, llega a decir.

Es Brenan en esta carta el narrador de la emocionante fiesta non stop, casi a la manera beat, y de unas descripciones precisas del entorno, las gentes y ese espíritu laxo y moralmente distraído del festejo que siempre se vivió a iguales partes con lo religioso. O al mismo tiempo. En ningún caso lo vive como un ajeno pero tampoco como un devoto y menos como un antropólogo. Se ve en su salsa. Se mete en tabernas, evita las casas muermos de la aristocracia, se bebe el Río Quema y se acuesta al calor de su joven amante y en presencia de sus allegados cual si viviera en la famosa casa del amor de Ham en Wiltshire donde se produjo el célebre trío.

Esta carta reúne en diez páginas manuscritas por el gran hispanista los cuatro días de alteración gozosa que disfrutó y que nada tendrán que ver con la segunda visita que hace a la misma celebración en 1968, ya sin Gamel, y que le contará en otra carta a su vecino Julio Caro Baroja (está sí publicada). Ya nada impresionado por los fastos.

El reproducir aquí aquella aventura se me ha presentado casi como un accidente facilitado por la labor realizada por Michael D. Murphy y Juan Carlos González Faraco en ‘El Rocío de Gerald Brenan, una autoetnografía epistolar’ que vaga ufana por el ciberespacio sin más publicidad, que uno sepa que haber aparecido en la Gazeta de Antropología.

La misiva como tal que se reproduce abajo no está publicada en ningún libro y es una carta custodiada en los archivos del King’s College de Cambridge que lo andaluces deberíamos enarbolar por la precisión, viveza y alegría con la que el último gran viajero romántico que decodificó nuestra alma vivió esta fiesta ya universal.

 

Churriana, 21 de Mayo, 1958

Querido Ralph,

Y ahora debo realmente sentarme y escribirte mis impresiones sobre la Romería de la Virgen del Rocío, en la que he pasado cuatro de los más felices y deliciosos días de mi vida.

Salimos con los Murchies el sábado por la mañana, llegamos a Sevilla a las cuatro y un par de horas después al Rocío. Imagina un gran llano arenoso, en parte cubierto de pinos piñoneros y eucaliptos, y dando a Las Marismas. Imagina un conjunto desordenado de chozas y casas de una planta repartidas por anchas y arenosas calles y plazas, completamente vacío y desértico excepto durante estos días del año. Y ahora imagina 12.000 hombres, mujeres y niños, 1000 caballos, 300 carretas tiradas por bueyes e incontables mulos y burros. Al moverse por las calles levantan en el aire nubes de polvo y arena. Y por todas partes resuenan palmas, sonido de castañuelas y coplas flamencas.

Llegamos justo cuando se estaba formando la procesión en torno a la ermita de la Virgen. Consistía en un largo desfile de carretas adornadas con flores y ramas o con oropeles de color rosa y verde, en las que se apiñaban, sobre una pila de colchones y cojines, un grupo de niños y niñas, como pajaritos en su nido, tocando las palmas y cantando. Acompañándolas iban algunos jinetes con muchachas a la grupa, vestidas con el traje andaluz al completo. Incluso los curas iban a caballo. Nosotros habíamos acampado con los Murchies y algunos gibraltareños en un pequeño eucaliptal, pero como Katie Murchie estaba de malhumor y Gamel, afónica con un dolor de la garganta, decidieron retirarse pronto, Hetty y yo nos fuimos por nuestra cuenta. Cada caseta o casa tenía delante una terraza sombreada con ramas, donde bailaban y cantaban las parejas y donde enseguida nos acogieron e invitaron a unos vasos de vino. Bailaban significa, por supuesto, que bailaban flamenco, así que Hetty, que es una soberbia bailarina de jazz, después de que Carmen le diera algunas nociones, se lanzó a bailar una sevillana con mucho entusiasmo. Con su cara ancha de muñeca, sus grandes ojos pintados de rímel y su pelo oscuro fluyendo salvajemente sobre el mantón de seda blanca que llevaba puesto, lucía locamente provocativa y exótica, mientras que yo vestía mi intachable traje blanco de alpaca. ¡Olé! ¡Olé! ¡Qué alegría! Dondequiera que íbamos, estallido de palmas, sones de castañuelas, voces cantando y torbellino de cuerpos. Estábamos aniquilando el tiempo; estábamos ahogándolo en nuestra propia alegría. Una y otra vez deambulábamos por la arena amontonada de choza en choza, de taberna en taberna, mientras que el día se desvanecía y se encendían lamparitas de aceite, y la luna se posaba sobre los altos eucaliptos y pequeñas fogatas salpicaban el campamento y la llanura circundante. Hasta que de pronto distinguimos en la oscuridad algunas caras conocidas, que resultaron ser del grupo de la Cónsula, y regresamos con ellos para la cena. Jaime había traído consigo a su cocinero y a su mayordomo (dos mariquitas gordos), Bill había traído al pequeño Rafael y su casa (por la que había pagado 4,000 pesetas) en realidad tenía el sitio justo para una cocina-comedor, con una mesa y sillas, y tres o cuatro diminutos cubículos para dormir. Bill y Annie habían montado una tienda para sí mismos en el patio.

¡Olé!, ¡olé!, ¡olé!, ¡qué alegría! Allí estaban Jaime, los Fielding, Paddy Leigh-Fermor, Deborah Devonshire, y dos o tres personas más. Nos besamos, bailamos, bebimos, comimos -para entonces todo el mundo estaba deliciosamente borracho- y luego vagamos juntos de aquí para allá y nos encaminamos a una fiesta que según Annie estaba llena de lesbianas. No podría decirlo. Sólo vi unas mujeres vestidas de flamenca y a hombres en mangas cortas y me dieron whisky. Entonces alguien llegó y se hicieron las presentaciones formales, y me di cuenta de que estaba sentado entre dos duquesas y hablando de remo al Duque de Miranda y de que el hombre que había pellizcado en el trasero a Annie era un descendiente de Guzmán el Bueno, célebre en el siglo XIV y varias veces grande (de España). Nuestra duquesa, que se sintió fatigada, se quedó atrás.

Pero las calles eran más divertidas y enseguida me vi llevado a través de la oscuridad con Daphne, Paddy y, por supuesto, con mi fiel Hetty, bebiendo en bares y comiendo churros. Eran las cinco, nadie se había ido a la cama, las palmas y las castañuelas seguían sonando, seguían el baile y el cante, hasta que por fin regresamos a la caseta de Bill, donde nos ofrecieron un cuchitril para dormir. Nos desvestimos un poco, nos acostamos en un colchón de paja y nos quedamos dormidos envueltos en una sola manta, muy cerca el uno del otro para conservar el calor. Rompió el día.

Nos levantamos a las nueve. Todavía las calles estaban llenas de gente que no se había acostado. Los bailes y palmas que había escuchado en mis sueños ya estaban en pleno apogeo. Alrededor de cada casa, alrededor de los límites de la acampada había miles de caballos, mulos y burros a los que les estaban dando de beber y comer. Bueyes en reposo masticaban forraje, mientras una luz dorada espesada por el polvo flotante, difuminaba las casas blancas y los verdes eucaliptos. Tomamos coñac y churros para desayunar –no pude encontrar café- y volvimos a la acampada a buscar a Gamel. Nos encontramos con las caras de desaprobación de los gibraltareños, el ceño fruncido de Katie. Gamel, sin embargo, había dormido bien en la pequeña tienda con mi manta y con la suya, aún tenía perdida la voz y no podía hablar con nadie. Los tres nos pusimos en marcha. Hetty había recibido varias invitaciones para montar y poco después un caballero andaluz muy apuesto apareció en un bonito caballo y la montó a la grupa. La llevó de caseta en caseta, donde les sacaban y les ofrecían bebidas, y de vez en cuando giraba hacia ella su cara afilada bajo su recio sombrero cordobés y le cantaba una copla. Gamel y yo caminamos en medio del polvo mirando cómo los jinetes galopaban y luego nos sentamos en una choza hasta que ella se reunió con nosotros. Hetty y yo habíamos sido invitados a almorzar por un joven pintor, pero -muy en contra de su voluntad- dejé que se fuera sola pues me di cuenta de que debía hablar con la enfurruñada Katie y aplacarla comiendo la carne de borrego que ella había traído. Estaba de malhumor, disgustada con todo -¡qué poco les gusta a las mujeres de mediana edad que los hombres de su generación gocen de la compañía de jovencitas!-, mientas que Guy estaba conduciendo hacia Gibraltar con Robert Louis Stevenson, como yo lo llamaba, quien saltando de un tejado para presumir a la manera de Virginibus Puerisque se había roto el tobillo. Entonces acudí al rescate de Hetty, todos echamos una siesta bajo los árboles y de nuevo con ella, pues la pobre Gamel estaba demasiado afónica para enfrentarse al grupo de la Cónsula.

Cenamos otra vez con los Davis a las diez y después salimos con Jaime y Daphne para ver la procesión. Maravillosos fuegos artificiales y cohetes, grandes multitudes y siempre este apasionante, sugestivo sonido de palmas y castañuelas. Al paso de los estandartes se cantaban saetas. Una y otra vez, ya más que un poco bebidos, con extraños encuentros en la oscuridad, dando traspiés por la arena, parando para beber o mirar a la gente bailando, hasta que a las cinco volvimos a la casa de los Davis. Entonces nos desvestimos y nos acostamos envueltos en una manta en nuestro cubículo, mientras Hetty lloraba con un exceso de emoción y hablaba de sí misma con más intimidad de la que nunca antes lo había hecho. Sentí su cara en mi mejilla, su pelo cayendo sobre mí, abrazados, y envueltos en la deliciosa neblina de una olímpica borrachera. Llegaban de fuera los sonidos de la romería y yo sentí una especie de felicidad que jamás había pensado que volvería a sentir a mi edad. Un millar de bendiciones para ella. Siempre respetaré su lealtad hacia su marido, a quien le reserva una cosa, porque, dentro de los límites que el afecto y la embriaguez permiten, ella ha sido muy buena conmigo. ¡Oh, qué feliz me sentía!

Nos levantamos temprano para ver la última procesión. Sacan a la Virgen de su santuario y la pasean por la aldea, mientras los hombres jóvenes empujan y luchan por el honor de llevarla. La veíamos tambalearse y dar vueltas por las calles. Nuestra Señora del “Rock and Roll”, se movía a empujones de un lado a otro, cayéndose y levantándose. ¡Viva la blanca Paloma! ¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva, Viva! Todo pueblo grande de las provincias de Huelva y Sevilla tiene su casa de hermandad y, cuando (la imagen) se aproximaba a cada una de ellas, un cura, totalmente borracho, se veía subido en volandas, arrastrado hacia ella y entonces, con un extraordinario aleteo de brazos, le echaba un torrente de piropos a su apacible y triste cara de muñeca. De vez en cuando una mujer enloquecía, se apresuraba hacia el paso, debatiéndose entre los hombres que lo llevaban y, con una cara por la que corría un río de lágrimas, gateaba hasta él para tocar su manto. ¡Viva! ¡Viva! ¡Gran emoción! Con tres horas de todo esto ya habíamos tenido bastante, así que nos fuimos a una taberna con Gamel, a la que habíamos traído con nosotros. Por fin los cohetes nos avisaban de que la Virgen había regresado sana y salva a su santuario y nos fuimos a nuestro campamento a almorzar. Todo el mundo se marchó. Adiós a los caballos y a sus jinetes, adiós a las carretas, adiós a las nubes de polvo y a la dorada luz y a las palmas. Hetty yo visitamos por última vez la caseta de la Cónsula; a las cuatro regresó Guy y partimos hacia Moguer, donde nos bañamos en el mar, y continuamos hasta Huelva para dormir.

No, nunca me olvidaré del Rocío mientras viva: su asombrosa belleza y su alegría, lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y qué suerte haberlo visto con Hetty, pues pude sumergirme en él y beber su frenesí pagano y su júbilo, y acabarlo bajo una manta, de manera correcta. He sido demasiado afortunado, como Daphne me decía, he sido demasiado afortunado. Debo terminar mi novela y morirme pronto, rápida y repentinamente, sin dejar rastro de la miserable vejez. Amo demasiado a la vida para aceptar cualquier racionamiento de ella, cualquier disminución de su dolor o de su gozo. No quiero convertirme en un gruñón en vida. Entretanto que la gente se ría de mis romances sexagenarios como le plazca. Soy lo que siento, ¡y al carajo el mundo de los envidiosos!

¡Y qué estimulante es la felicidad! La mayoría de la gente de la Cónsula estaba agotada cuando nos fuimos y a mí normalmente me afecta mucho la falta de sueño. Pero en el camino de vuelta mi entusiasmo irritaba a todo el mundo, y yo no tenía ninguna sensación de resaca. Hetty es una permanente inyección de alegría, pero no estoy enamorado de ella lo más mínimo ni espero echarla de menos cuando se vaya. Sólo siento un tremendo afecto por ella y una tremenda gratitud. Y cuando miro el cuadro que ella pintó de la procesión, es, como todos sus cuadros: como un sueño y triste. Esta pequeña bomba de hidrógeno de la alegría, la calidez y el afecto tiene un nivel más profundo que nadie toca nunca, que nunca alcanza a ver. Los seres humanos son muy misteriosos.

Gamel se va a Londres el 14. Voy a estar aquí a solas con Hetty por unas tres semanas, mientras su marido espera sentirse normal de nuevo y recibir su pensión mensual de 149$, que ha sido retenida tres meses porque él no les había notificado en tiempo la muerte de su primera esposa y por eso les debe 300$. Esto, en cualquier caso, es lo que este tipo extraño dice. Todavía no sé si mi artículo sobre El Prado ha sido aceptado: si no, vamos a tener que ahorrar ya que últimamente he estado gastando más de la cuenta. Así que Viva la Blanca Paloma, y que su encanto siga bendiciéndome un poco más, para que esté en condiciones de volver a visitarla el próximo año. No estaría mal que alquilaras una caseta con nosotros y nos acompañaras.

Cariñosamente,

Gerald

 

Hice el mágico estudio

De la dicha ineludible

Salud a ella, cada vez

Que canta el gallo francés.

¡Oh estaciones, oh castillos!

No hay comentarios

Publicar un comentario