Tablao El Jaleo. Con Carrete tras la bailaora Mariquilla y Chiquito en la fila de arriba a la derecha, el último.

Chiquito Day: Aquella loca aventura en Oslo con Carrete en 1969

Ayer pasó el Chiquito Day, el cumpleaños de Gregorio como un acontecimiento mundial en las redes sociales. Pocos fueron los que lo recordaron en gifts y fotos como artista flamenco y la palma se la llevó su vis cómica como contador de chistes. Pero hubo un tiempo en que Gregorio era uno más del cante. Un cantaor de atrás y socorrido palmero que protagonizó algunas de las más chisporroteantes aventuras que se puedan imaginar de la mano de otro compinche simpar, su compañero de fatigas en el Tablao el Jaleo, el genial bailaor gitano Carrete de Málaga, alias Fred Astaire.

Aquí quiero contaros lo que en 2007 le contó a Ortiz Nuevo para hacer su personaje en el espectáculo ‘Yo no sé la edá que tengo’. Pocas historias tan surrealistas y divertidas he escuchado en mi vida como aquella de ambos en Oslo en 1969. Luego materia de libro en ‘Carrete. Al compás de la vida’.

“Por el año 69 Mariquilla -regente del tablao El Jaleo- le salió un contrato en Nueva York pero no pude ir. Era en el Chateau Madrid de la Gran Manzana donde había estao Carmen Amaya. Yo con un segundo grupo del Jaleo partí para Noruega, a Oslo, para trabajar en el Hotel Bristol, en el Salón Moro de Baile, aquello fue desde el 13 hasta el 30 de enero de 1969. Inicialmente el plan era sólo una semana pero gustamos y nos tuvieron una semana más. Iban Maribella, La More y Mariana de bailaoras, tocaba Manuel Montoya y cantaba Chiquito de la Calzá. El evento incluyó comida española preparada por un cocinero español y actuaciones por un grupo de cante canario.

Llegamos con un representante noruego que tenía una agencia de viajes enfrente del 24 Horas de Torremolinos. Hacía mucho frío y una de nuestras bailaoras que iba con las medias de boquetes, hasta se desmayó de ver por primera vez la nieve.

En el Hotel Bristol teníamos una habitación cada uno y nos daban de comer muy bien, que hasta más de uno se guardaba la mantequilla. Los periódicos no daban crédito de la que estaba formando, hasta el punto que uno de ellos decía que mi fuerza me salía eléctrica de los pies hasta la punta de los pelos de la cabeza. Gustamos y nos llevaron a Palacio para bailarle a la princesa de Noruega, me invitaron a mi porque yo era el que había gustado y contraté a Chiquito y a Manuel Montoya para que me acompañaran, fui de invitado de honor. Les di doce mil pesetas de adelanto a cada uno sin saber si me iban a pagar.

El sitio era como un búnker, todo helao por fuera y muy lujoso por dentro. Me presentaron a la princesa y me atendió señorialmente. Le di dos besos y Chiquito se cagó, me dijo que tuviera cuidado que era la princesa. Pero yo no quería salmón quería besos. Luego cuando me vieron de bailar gusté, iba vestido muy bien, que hasta me había pelao como un noruego –yo tenía los pelos largos- porque lo exigía el protocolo Real. Les encanté y me dieron luego en privado cuarenta mil duros en un sobre, en la recepción del Hotel, que con aquello di yo la entrada para el piso que tengo ahora.

En el aeropuerto también nos pasó otra monótola -anécdota-. A las seis de la mañana les doy a todos los billetes de vuelo. A Mariana le dio un apretón antes de subir y se limpio el rilete con él. Al rato, antes de embarcar voy y le pregunto que lo sacara y no lo encuentra, me dice que no lo tiene y le pregunté qué había hecho con él. Figúrate la escena. Me quedé solo con el de la facturación tratando de explicárselo con gestos, porque yo de noruego no entendía ni papa. Que Mariana se había limpiao el rilete con él… Y él que solo me decía nain, (no). Y yo con mi sombrero cordobés. Menos mal que había allí otro que sabía algo de español y se enteró de lo que yo trataba de decirle, yo me echaba la mano al culo y me entendió y cuando lo comprendió se tiraba de la risa.

Yo les dije a Chiquito y a Manuel que no dejaran irse al avión –tos ya dentro esperando pa irse- que se pusieran en la escalinata tocando fandangos de Huelva para que yo los viera. Y así lo hicieron. Al final nos dejaron subir y nos reímos mucho después recordando aquello. Me emborraché, que me bebí doce botellas de cerveza. De la irritación la cogí. Que Chiquito ya no quería cantarme y le pagué cada fandango a una fortuna”.

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