Esperanza Fernández. Torre del Cante. Alhaurín de la Torre. 18.6.2017. Castillo del Inglés. Andrés Varea

De repente Esperanza

Foto: Andrés Varea

De repente Esperanza. Luz al final del túnel. Un fogonazo amarillo cegador como de un sol inclemente de junio. Se pusieron más fragantes las araucarias y el cocodrilo dejó de emitir el tic tac del reloj que duerme en su estómago. Canta una gitanilla llamada Esperanza Fernández. Tómense algo contra el mareo.

Estaban en Triana pescando lunas los marineros de bar. Pero un grito ahogado se escuchó desde Sevilla a Málaga. “Ponla al siete”. Siete. Mágico. La seguiriya abrió las aguas del Guadalhorce y hasta el vecino Brenan pegó un respingo en su cama de azucenas del Cementerio Inglés. Esos momentos. La derrota humana sobre la divinidad del tiempo y el espacio. La noche a cámara lenta. El toque seminal de Fran Vinuesa como el de una matrona dando a luz a una criatura hecha música. Estábamos cruzando el Rubicón.

La noche no comienza en un bar de Málaga junto a una foto de Camarón. Comienza y termina en ese grito por seguiriyas que hace prender en llamas los viejos campos de caña azúcar que nos rodeaban hogaño en La Finca el Portón. Hemos llegado hasta aquí para asistir al rito, la inmersión en nosotros mismos. Asistir a nuestro propio funeral. Era la oscuridad y de repente Esperanza.

Estaba el campo emanando azufre cuando Jesús Méndez trajo su miasmático cante de azulejo portugués. Había dejado electricidad condensada en el aire. Pero llegó la Madre. El Uno del cartel. Y por tangos procedieron los vencejos a hacer un vuelo nocturno hacia el mar en busca de los espectrales recuerdos de la Repompa. Profanación dichosa. Se quitó los zapatos la diosa morena con cara de medalla y cerraron los ojos varias jábegas en El Palo. Corran a cerrar los postigos, ha llegado la tentación.

Un rato antes La Lupi se había tentado las ropas y remangado como esa vieja gitana que vive dentro de ella. Entregada al baile de san Vito que conmociona a medio mundo. Floreciendo rosas de su cuerpo. Otra mujer, la tierra, la luna, la mar. Pero es que antes había sido la Susi en su quimera por encontrarse y hallarse sóla en la inmensidad de la bulería corta. Mujer que luchas, nunca dejes de luchar.

Antes otra sacerdotisa más joven había descubierto el camino con la frescura y emoción con la que llegan los primeros besos; Chelo Soto. Ha nacido un lucero que luego será estrella. Que no se apague su luz. “Desde mi ventana se divisa el mar, y un niño y un hombre que bañan las playas de mi libertad”. Cuatro diosas como ellas habían descifrado la inmensidad del cante como una maternidad. Y estuvieron también ellos, solícitos y dichosos, mundanos y batalladores como el bailaor Fernando Santiago o el que echó el cierre del Portón, Rancapino Chico. Reflejo cada vez más indisimulado de Caracol.

44 Festival Torre del Cante de Alhaurín de la Torre (Málaga)

3/4 partes de aforo.

 

 

 

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