Juan Luis Guerra.

Buscando Visa para un dueño

Estaba la noche marbellí en esos arrumacos propios de la jet cuando mueve sus prótesis de silicona y los hombres talluditos airean su tierna peluca. Estaba saliendo por la puerta trasera ya Gunilla y Ortiz mientras morreaba el cuarto posible heredero de la Corona en la línea sucesoria a su archiduquesa del emporio charcutero, cuando las estrellas más titilaban. Cantaba ‘Visa para un sueño’, un bardo que tampoco es de este tiempo sino de un siglo anterior: un tal Juan Luis Guerra.

A mí se me ocurrió pensar que los aparentes ‘ticos’ que aireaban una bandera en la que ponía algo de Cristo vive y Juan Luis Guerra amado sobre la bandera de su país estaban todavía buscando visa para un dueño. No para un sueño. Para su dueño, el de la mansión donde trabajaban y todo entraba en la letra por bachata. Allí había pedido permiso en los burdeles de olor a Chanel número 5 la venezolana de curvas infinitas y estaba el reportero gráfico que no le quitaba ojo a ella y a su falda. Estaba el dueño de tal urbanización lujosa y aquella marquesa que tiene más deudas que operaciones en la cara. Estaba el marbellí que había ahorrado para ver un show y probar el arrimón oportunista porque hay una vecina que está depresiva pero le ha salvado de la depresión las clases de salsa. Estaban todos. Starlite los recogió. Béndita música, bendito el baile. Incluso habría alguno de Podemos por aquello de los aires bananeros.

Me puse a pensar mientras bailaba, con lo difícil que es hacerlo en lo más parecido a una clase de spining, que debería tener un sillón en la RAE aquel maravilloso cantante, y su banda multirracial, que nos sacudió los prejuicios coloniales en los 80. Se podía hacer salsa con trascendencia.  Era de berro y mabuey aquella loma, donde olía a pitisa y se floreaba el arroz graneado. No era prosa de reggaeton pese a lo que pudiera pensarse era Juan Luis Guerra quien cantaba ‘Ojalá que llueva café’, ese pívot de la poesía que me recordaba a Piculín Ortiz, no sé muy bien por qué.

‘Dónde va el por ciento de la educación’, decía nada más y nada menos en ‘Cookies and cream’ abriendo boca -caro el trozo de pizza- y pista en el recital. Para luego en ‘La travesía’ recordarnos que fue el primer globalizador de la lírica recordándonos que conoce cosas tan exóticas como Fuokota o que ha viajado en el ‘Shinkansen’, el tren bala japonés para buscar ese amor con el que lleva tres décadas unido cristianamente.

Recordaba el beisbol que corre por las venas de su país con ese “Yo soy de Ciudad Nueva y ella es de San Pedro de Macorís, you Know, tierra de peloteros, where Sammy Sosa Lives“. Se permitió con su español de oro hacer piruetas poéticas en ‘Mi bendición’ cuando cantó “que las olas del mar te hicieron un chal”. Y uno iba comprendiendo por qué cantaba eso otro de que aquí no sabemos inglés.

Apambichao con la woman del callao entraba en ebullición la tribuna y era el merengue más lento lo que quería aconsejarnos para ir dirimiendo distancias entre la chica de al lado. Con “perdí en la gallera, mi gallo candela”, apareció Colombia, Gabriel García Márquez en fantasmal presencia para recordarnos aquel coronel sin cartas. “Ay ombé”, por favor, mi cuate, una mijitilla, arme el favó échame la cerveza con un poco menos de espuma que está a siete ‘leuros er casharro’.

Estaban las estrellas combinándose con la bilurrubina para que la noche aumentara la natalidad de Marbella, algo que los partidos de izquierda locales nunca van a reconocer a Starlite. Ese festival donde los ricos se lo gastan en músicos. Qué dispendio, qué barbaridad. Y yo buscando ‘Visa para un dueño’ como esos ticos. Maldita pobreza la nuestra. No eran las cinco de la mañana pero siempre estamos prestos para naufragar, ser carne de la mar. Denle ya el sillón de la RAE a Juan Luis Guerra, désenlo, ay ombé. Y dejen tranquila Starlite, dejen crecer la natalidad.

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