Dalí y Amanda Lear.

Las estrafalarias musas de Salvador Dalí

 

La sombra de Salvador Dalí sigue siendo alargada. No importa que muriera hace 28 años para que la ruidosa rumorología que le acompañó en vida siga alimentando portadas de revistas de sociedad. Ahora de vuelta con la supuesta paternidad que le adjudican y que ha supuesto la exhumación de sus retos, su incierta sexualidad colea de nuevo. Curiosamente en el año en el que a Lorca se le descubren nuevos detalles de amores del mismo sexo, siendo como fue una pareja algo más que platónica la de ambos.

Su egolatría tan insaciable como hiperbólica resucita ahora algunos episodios que tienen que ver con su anticonvencial idea de la pareja y unas compañeras de viaje siempre en entredicho, con extraños hábitos de erotismo extravagante. Escandaloso como era por naturaleza debe estar en algún sitio del olimpo de los artistas retorciendo sus bigotes de puro placer por el nuevo revuelo armado.

Amanda Lear, la mujer que muchos aseguran que nació hombre, nunca ha sido muy clara en este asunto. Lo reconoció incapaz en muchas ocasiones pero no asexuado, más bien voyeur; «no daré detalles sobre mi relación amorosa con Dalí porque no aportaría nada, pero él mentía cuando decía que era impotente. Lo hacía para que las jovencitas posasen desnudas para él», concedió esta artista de origen nebuloso y que ahora con aquellas palabras alienta el enésimo debate de si era heterosexual, homosexual, sólo mirón, fetichista, onanista o todo a la vez. Incluso procreador.

La historia de este supuesto transexual llamado originalmente Alain Tapp, natural de Saigón, se vincula con Torremolinos en los años 60 y 70 donde actúa durante varios años en el Hotel Pez Espada. Entonces Amanda, que luego será musa de David Bowie, era llamada Peki d’Oslo y estaba a punto de conocer al genio de Figueras. Por entonces algunos lugareños la recuerdan en traje de baño sin espacio a la duda de que era un hombre todavía sin operar, según la web Torremolinos Chic. Ambos revisitarían el municipio con el visto bueno de Gala, el vértice primero de este triángulo amoroso.

Por la misma Costa del Sol, el artista que llegó a trabajar para Disney, también frecuentó otras amistades rocambolescas. Otra musa de apellido exótico, pese a ser de sangre española, fue Nanita Kalachnikoff, llamada Fernanda Carretero en los papeles e hija de un escritor ya polémico durante el Franquismo ‘El caballero audaz’, conocido por el tono pornográfico de sus creaciones. Ésta además y a su vez esposa de un rico miembro de la familia rusa que le dio nombre al famoso arma. Muy daliniano todo.

A esta otra amiga que lo conoció muy de cerca y trató en esta orilla del Mediterráneo en pequeñas estancias, la llamaría con toda la gracia; Luis XIV, por su porte majestuoso. De hecho la hacía recibir entre aplausos con este remoquete. Ian Gibson recogerá muy claramente este vínculo de musa irresistible para el pintor en ‘La vida desaforada de Salvador Dalí’. Nanita sería otra de las habituales en su corte trashumante.

Promotor del primer top less en España

Pero sin duda, Gala Eluard será la que mejor conoció al catalán y le permitiera todos estos coqueteos, siendo su compañera fiel desde los años treinta del pasado siglo y pese a dormir en camas separadas en Port Lligat. De hecho, él sólo reconoció alguna relación sexual consumada con ella.

A partir de su libérrima relación con Gala quizá le debamos la connivencia y la promoción del primer top less recogido gráficamente en la historia del turismo español. Ocurrió también en Torremolinos aunque haya varias playas que se lo arroguen. Pero pocas de estas localizaciones cuentan con un episodio mejor documentado y más ejemplificador que este caso. La instantánea de los primeros pechos femeninos al aire en una playa remite con luz y taquígrafos a mediados de abril de precisamente 1930. La protagonista: la mencionada Elena Ivanovna Diakonova, luego más conocida por Gala Eluard Dalí.

Por entonces la pareja del joven Salvador Dalí, se encontraba junto a éste pasando unos días en este «villorrio» -palabra usada por el propio pintor para un paraíso exento de tanto cemento como el que soporta hoy- a instancias de sus amigos de la Generación del 27, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados que andaban seduciéndolo para que se embarcara con ellos en una aventura editorial de corte surrealista.

El arcádico lugar en el que hizo parada y fonda la extrovertida pareja fue el Castillo del Inglés, un extinto hospedaje con una peculiar historia, datado como el kilómetro cero del boom turístico de la costa andaluza. Ubicado, a modo de delicioso palacete sobre el mar, en el promontorio que separa la playa del Bajondillo de La Carihuela, fue testigo mudo de aquel iniciático desahogo primaveral.

Según testimonios de los amigos que rodearon a la pareja aquellos días, la libérrima amante del pintor, ni corta ni perezosa se desnudaba de cintura para arriba en los momentos en los que gozaban de la cercanía del mar. La foto más conocida de aquel momento la inmortaliza ufana sólo con un pantalón corto, un colgante y un pañuelo en el pelo. Incluso la que luego fue esposa del genio de Figueras gustaba de fumar dentro del agua. «El vicio y la salud unidos ¿no es exquisito», alardeaba Dalí de la ocurrencia de su amante.

Pese a que parece que no levantó un gran revuelo la escena, y según la narración de otro amigo inmerso en aquellos baños, Darío Carmona, atrajo a algún ojeador puntual y sospechoso de vigilar la escena como informante de las autoridades de la época. No fue la única extravagancia de la extraña pareja. Por entonces Dalí terminaba su cuadro El Hombre Invisible y obligaba a su musa a depilarse las axilas tiñéndoselas luego de azul, untarle excrementos de cabra o colocarle un geranio de color rojo sobre la cabeza mientras posaba para él.

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