Robert Mapplethorpe. Lisa Lyon. 1980.

Litoral rescata el descacharrante caca, culo, pedo, pis de algunos excelsos poetas

Imagen: Robert Mapplethorpe. Lisa Lyon. 1980.

La poesía no ha estado siempre indicada para el mal de amores, la soledad más furibunda o el pensamiento más brillante acerca del sentido de la  vida. La poesía también fue, es y será combustión para la risa, el desanimo y la chanza por más soez que parezca este objetivo. Dueña también del bajo instinto, del deseo o el vicio más inconfesable.

El hombre no siempre ha sido una inmenso mar de dudas con lira en mano y absorto ser de profundidades sentimentales. El poeta como el común humano también ha estado prestado a la rima aparentemente fácil y a la burla de sal gorda, quizá siempre más celebrada en manos de éste que se ha reído de sí mismo y la ha encontrado muy excepcionalmente como vía de escape de tanta compostura y afectación. Temática maloliente pero en estas manos de trato métrico y lingüístico refinado. Curiosa combinación, muy desconocida en algunos casos.

Don Francisco de Quevedo y Villegas quizá ha sido el gran poeta español de lo indecoroso, lo desvergonzado, lo grosero pero siempre con el alarde de la palabra fina y exquisita para glosar un cuesco, un calcetín usado, un hedor de sudores o roña, un defecto en el adversario. La revista más prestigiosa del país en cuanto al mundo de las letras y las artes se refiere; Litoral ha tenido a bien incorporar en un excelente número dedicado a El Cuerpo, aquellas salidas de tono, de grafía y de perfume de algunos de nuestros más insignes poetas.

Lo hace a colación de un leit motiv que sobre todo da para hablar de la belleza de los ojos, la sensualidad de los cabellos o la tentación de unas nalgas suaves y tersas a lo largo de mil y una firmas literarias de calidades insuperables. Esto es lo más, en cantidad, pero también es muy muy interesante observar algunas caídas en la excelsitud de la grosería en verso como la que incluyen al alimón de Rimbaud y Paul Verlaine. Seguro que a veces con intenciones más elevadas y ofreciendo confesiones ocultas:

Soneto al ojo del culo

Oscuro y arrugado como un clavel violeta

entre el musgo respira humildemente oculto

húmedo aún del amor que la pendiente sigue

de las nalgas al borde su abismo.

 

Hillillos parecidos a lágrimas de leche

lloraron, bajo el áfrico cruel que les empuja

a través de coaguilitos de marga rojiza,

para llegar ahí donde llama el declive.

 

Mi boca se acopla frecuentemente a su ventosa,

y a mi alma, del coito material celosa,

de él hace salvaje lagrimal, nido de llanto.

 

Es la oliva extendida y la flauta mimosa,

es el tubo al que cae la garrapiña célica,

Canaán femenino de humedades abiertas.

 

Ya en la época romana explicó muy bien esta tendencia Cátulo:

Defensa de los miles de besos

Os daré por el culo y por la boca,

Aurelio bujarrón, marica Furio, que me habéis condenado por mis versos,

porque os parecen blandos e indecentes.

Pero decente y pío debe ser el poeta

en su vida: los poemas no tienen por qué serlo

de ninguna manera. Pues resulta que tienen

punta y gracia si son mórbidos, pícaros

y pueden levantar eso que pica,

no a críos, sino a tipos,

peludos que ni pueden, menear los riñones atrofiados.

¿Porque leísteis “muchos miles de besos”

vosotros me tenéis por poco macho?

Os daré por el culo y por la boca.

Sí, teníais otra idea de Catulo, pero Catulo también tenía la suya propia sobre la poesía. Marcial, otro maravilloso poeta latino de nacimiento maño, tampoco se arrugaba cuando tenía que expresar con su pluma sentimientos de rabia y desprecio.

Contra un maldiciente

Cuando un ligero vello aterciopelaba tus mejillas, tu lengua impura se mostraba complaciente a la lubricidad de los hombres, pero desde que tu revulsiva cabeza mereció hasta el desprecio de los sepultureros y los desdenes del abyecto verdugo, utilizas de otro modo tu boca: roído por devoradora envidia, ladras a cualquier nombre que oyes pronunciar. Vuelva tu culpable lengua a su antiguo oficio: chupando no era tan infame.

¿A que no os imagináis a Gustavo Adolfo Bécquer rimándole a un coño, sí un coño? Pues sí hasta Bécquer tuvo este gusto por la escatología.

¡Oh!, coño entre los coños escogido,

peluca entre pelucas bien rizada,

quien te metiera el instrumento erguido

y te dejara de joder cansada.

Cuando la anchura de tu papo mido,

que cuando menos tiene una brazada,

digo: “Coño más grande y más profundo

ni con candil se encontrara en el mundo”.

 

Ni Apollinaire lo dijo mejor en otro poema que sucede a éste en el mencionado Litoral ‘El Cuerpo’,

Coño ancho como un estuario

donde mi reflujo

amoroso va a morir

tienes el sabor venenoso

el olor de la polla y el culo

el fresco tufo baticoanal.

 

Rafael Alberti también tiene para glosar uno de los fluidos corporales menos cantados, más secreto.

Huele a sangre mezclada con espliego,

venida entre un olor de resplandores.

A sangre huelen las quemadas flores

y a súbito ciprés de sangre el fuego.

Del aire bajo un repentino riego

de astro y sangre resueltos en olores,

y un tornado de olores y colores

al mundo deja por la sangre ciego.

Fría y enferma y sin dormir y aullando,

desatada fiebre va saltando,

como un temblor por la terrazas solas.

Coagulada la luna en la cornisa,

mira la adolescente sin camisa

poblársele las ingles de amapolas.

 

El pene con Carlos Edmundo de Ory o las meadas con otro poema de Rafael Alberti ahondan en esta literatura de excaso predicamento pero acertado rescate. Como no podía faltar en este número también está el maestro de estas aguas bajas; Quevedo, el autor incólume de ‘Gracias y desgracias del ojo del culo, dirigidas a Doña Juan Mucha, Montón de carne, Mujer gorda por arrobas’, en su célebre y enésimo poema de insulto a su enemigo íntimo, otro que no manejaba mal la lengua sucia cuando tocaba, el cordobés Luis de Góngora le recordó la nariz tan fea que le coronaba el rostro. Litoral sabía que no podía dejarlo pasar.

A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una alquitara medio viva, érase un peje espada mal barbado;

(…)

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