Málaga (España) 07/08/2018 Puesta en escena del espectáculo “Grito pelao” de Rocío Molina y Silvia Pérez Cruz en el Teatro Cervantes.
Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Rocío Molina roza lo tedioso en ‘Grito pelao’

Fotos de Daniel Pérez/Teatro Cervantes

Manual de instrucciones de estas líneas: Pase de leerlas si es un fan incondicional de Rocío Molina y lo que quiere leer es lo bien que ha estado, lo bien que lo hace y lo acertada que está siempre. Ésta es sólo una crítica/crónica de un humilde aficionado al flamenco que no representa más que eso; una opinión más.

Decía Samuel Beckett que nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento. Y precisamente eso es lo que me sucedió ayer en uno de los palcos abarrotados del Teatro Cervantes, que por momentos me aburrí. Quizá no había olvidado la última vez que la Molina pisó las tablas del Cervantes como una diosa invencible, como un torbellino de sensaciones. Quizá un triunfo tan excitante y apabullante como el anterior le haga flaco favor a este grito tan original como desconcertante.

En esta ocasión, la obra presentada por la bailaora Rocío Molina y la cantante Silvia Pérez Cruz se hizo larga y por momentos lenta e intrascendente. La maternidad y la mujer son protagonistas hoy día de la actualidad política que nos rodea y por eso puede tenderse a ver como ‘oportunista’ o por contra comprometida con su tiempo y con su experiencia particular en este momento. Ello puede dar lugar a confusiones, objetivamente hablando y más en una artista que nunca ha aprovechado la tendencia social.

El caso es que pese a las críticas con las que ya llegaba a este teatro de cierta pesadumbre, la obra siguió deparando dos horas de alegato biográfico femenino sin recorte alguno. Y tristemente se confirmó lo anticipado en otras crónicas. Y ojo, que el que suscribe esto ha visto a la bailaora bastantes veces en acción y sabe perfectamente que se encuentra entre una de las mejores ‘danzaoras’ del mundo, capaz de maravillas que ya han quedado grabadas a fuego en la historia del flamenco como el mismo ‘Caída del cielo’, por lo que la expectación general y propia era máxima. El Teatro Cervantes volvió a responder con un lleno absoluto (sigue sin ser programada esta bailaora en la bienal malagueña desde hace varias ediciones, Iker Jiménez tiene trabajo) y pese a lo que uno pueda alegar aquí ella es la reina del baile, y lo sabe.

Hechas estas primeras aclaraciones, hay que reconocer que la obra tiene luces pero también se baña en sombras. Impecable es el trabajo de escenografía que promete unas imágenes impagables con la escena unas veces como si fuera una vía láctea, que canta en los tangos Silvia de manera preciosa, un útero, un cielo plagado de rayos y que va rimando en ese concepto con los sentimientos de incertidumbre, pena, dolor o ilusión que siente la protagonista; embarazada de casi cinco meses y visiblemente alterada en el esfuerzo físico (como no podía ser de otra forma) a menos que metía los pies con su potencia habitual.

Los que busquen lo explícitamente flamenco deben quedarse con su ratito en la silla a lo Chana o sus momentos por soleá. Bien vale la entrada. El pobre del Oruco (cantaor) apenas dice esta boca es mía. Quizá uno peque de gustarle demasiado bailando más tradicional.

Acierto también es que la Molina consigue trasladarnos esas sensaciones intrínsecas de las mujeres cuando están encintas y de alguna manera reproducen el minuto cero de la creación del mundo. Esto es suficiente para que vayan al teatro a verla, repito. Hay una fuerza telúrica, filosófica, religiosa y metafísica que recorre toda la obra a lomos de la voz meliflua hasta la extenuación de Silvia Pérez. Porque veces tanto canto sin melodía y sin fraseo claro nos traslada al Tirol suizo, lo siento, es un debe.

Es una de las obras de la Molina donde más habla, y en la que incluso hasta canta. Los textos que ella hace, o Silvia, o la madre de Rocío, que por cierto es la mejor en la interpretación, queriendo producir naturalidad, reproducen cierta improvisación o cierta insustancialidad. Cuentan detalles biográficos que no por ser ofrecidos en un tono coloquial atípico se ganan la importancia de decirse. Son demasiados explícitos y caen en lo prescindible.

Por lo demás, la amalgama de danzas reproducidas y de escenas más o menos transgresoras, para el común australopitecus, flamencoide de gafas gordas, son estéticamente y para el oído motivo de gozo y que vuelva a hablarse de un desnudo integral en escena una auténtica pérdida de tiempo. Es lo menos polémico y es bastante razonable habida cuenta del motivo de la obra.

El cansancio y la lentitud es media hora de recorte y un poco más de velocidad en las transiciones, con esos diálogos cargados de algo más de gracia o chicha. Y sí hay poco flamenco clásico, lo sentimos, pero el resto de la dramaturgia y la música están en un buen nivel.

En definitiva, vayan a verla porque de un sólo vuelo de brazos de Rocío Molina salen maternidades para toda una eternidad y de un poco de zapateado suyo enmudecen todos los hombres que quieran hacerle sombra o decirles estas cosas que aquí se relatan.

COMPAÑÍA ROCÍO MOLINA
Grito pelao

Idea original y coreografía Rocío Molina
Dirección artística Carlos Marquerie, Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz.
Dramaturgia Carlos Marquerie.
Concepto musical, música y letras Sílvia Pérez Cruz.
Composición flamenca Eduardo Trassierra.
Paisaje sonoro Carlos Gárate.
Ayudante de dirección y coreografía Elena Córdoba.
Diseño de vestuario Cecilia Molano.
Rocío Molina, baile.
Sílvia Pérez Cruz, voz.
Lola Cruz, danza.
Eduardo Trassierra, guitarra.
Carlos Montfort, violín.
José Manuel Ramos ‘Oruco’, compás.
Carlos Gárate, electrónica.

Calificación: ♠♠♠ (sobre cinco).

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