El Yaya junto a Tomatito y Juani Santiago.

Cuando se muere un palmero

Querido amigo,

Ahora paso por Plaza Uncibay como quien pasa por un tanatorio. Me salgo de compás en la esquina de la Doble Curva, a la altura del puesto de las almendras y llegó a la Constitución sin sonrisa, de solateras. Ya no tienen los escaparates de calle Larios una estela de artista que perseguir. Tu melena era de época, como tu riñonera y esos andares entre chiquitinescos y de galán de Hollywood. Ahora estará la Peña Juan Breva como en la lectura de un rosario sinfín. Qué callado y sólo se ve todo, qué desconsolados nos dejas.

Antonio, siempre me miraste con los ojos de amigo, del cariño. Y eso no se olvida fácil. La otra mañana derramé alguna lágrima que otra a la vera del tito Carrete viéndote en volandas de tu gente, camino del apartamento del que no se vuelve, envuelto en la bandera gitana con un señorío y un garbo que sólo estaba a la altura de los bohemios de cuna. De los artistas pura sangre. Te aplaudimos lo mejor que pudimos, daba lache y a la vez gloria meter las manos en tu despedida.

¿Quién me va a contar ahora ese chistecito Yaya? No te lo he dicho nunca pero no estaba atravesando mi mejor momento cuando me los contabas y yo me reía. Yo me reía y tu llorabas por dentro porque tú sabías de tus problemas y de aquella manera yo asistía a tu show ambulante y te redimía como podía. Qué grandes sois los cómicos, los que conseguís hacer reír a los demás cuando la pena te aflige. Los que con una patá sacudís los problemas y echáis el mundo a una pelea de sonrisas.

Hemos vivido algunos viajes juntos e incluso una vez me abriste las puertas de tu casa. Conozco esos corrales de vecinos de puertas abiertas. Sé como se celebra la desgracia y cómo se llora la fiesta. Créeme que en estas tres noches he escuchado tus palmas desde el paraíso porque son redobles de campanas de la catedral de Málaga. Es así, te he escuchado. Y qué desamparadas dejas las espaldas de los artistas flamencos de Málaga, Antonio. Qué pérdida. Nunca te he llamado Antonio pero sí Señor del Compás, que es como deberían recordarte en las escuelas. Yaya, el mejor de los palmeros.

Nadie sabe lo que pierde la música cuando muere alguien como tú. Se extingue un poco más un oficio tan viejo como el planeta. Pierde la percusión más ancestral, pierde la conexión con la tierra y el corazón sin que medie la madera. En tus manos va a leer San Pedro tu carrera. Va a saber lo que es el flamenco, llaga y candela. No paraste de trabajar nunca y eso lo atestiguo yo ante quien sea. Por eso no quiero escuchar más tópicos de gitanos y falta de ganas.

Te vi llegar el sábado de Feria con la muerte ya escrita en tu cara  y no me explicaba como con esos dolores que ya te asomaban te ibas a ganarte el pan. Pero había algo en tu profesión que te convertía en inmortal, que te jalaba por las venas y que te daba vida, postergaba tu condena. Es por eso que hoy sé que estás en algún sitio haciendo palmas, mandando tu energía a la gente que querías, deseándonos que no haya dolor, que no haya miseria, que no haya injusticia, que haya pan y trabajo, que haya compás y buen rollo en la tierra. Y mucha libertad y paz para los que esperan.

Yaya no te vamos a olvidar. Los de la pandilla de Carrete estamos contigo aquí y más allá de la eternidad.

Buen viaje amigo.

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