Anuncio de El Jaleo en Torremolinos.

Torremolinos; meca del flamenco

Nunca el flamenco ardió con una llama más poderosa que con la que se incendiaban las noches de El Jaleo. Autobús tras autobús de turistas esperaban su turno para ver las evoluciones sobre el tablero de Mariquilla. Nunca tuvo una estampa más primitiva e impresionante que en Las Cuevas flamencas cuyo fondo de escenario era la pura roca de la cuesta de Las Mercedes, con murciélagos incluídos alguna noche, y en su elenco una alineación de astros de lo jondo difícil de igualar hoy: Terremoto, Merche Esmeralda, las hermanas de Utrera, etcétera. Hubo un local que igualmente se ganó el privilegio de ser el de los primeros escarceos de Camarón como cantaor; el Tabarín, a la postre reconocido por el ser el primero donde se produjo un desnudo integral en España. Imagínense qué mezcla.

Antes de ellos había abierto apetito ‘El Mañana’, reconocido por todos los de la época por ser uno de los más bellos rincones diseñados para el disfrute de la música al aire libre y las cenas de categoría, donde el flamenco tenía su lugar de privilegio en él, como no.
También hubo flamenco y del bueno en otros rincones de Torremolinos, hoy ya arrasados por el cemento y la desmemoria como La Taberna Andaluza, el Madrigal o El Piyayo o extraordinarias ocasiones para disfrutarlo a la vera de una piscina con forma de riñón como en la parrilla del Pez Espada.
Aquel Torremolinos de los sesenta y setenta del pasado siglo ofreció a España en repetidos veranos, una ocasión difícil de igualar de lo que era una bandera de nuestra cultura; el flamenco. Convocó a lo mejor del género sin miramientos y luego borró esa página como sintiéndose avergonzado de una época y de unas fiestas antológicas. Lo hizo al calor de esa hoguera de las vanidades en la que se convirtió el turismo de masas al final de siglo, pero que nunca lo olvidó y lo reclama hoy día aún como cultura con mayúsculas y no como oscuro objeto folclórico desacreditado por los propios lugareños.
Habría que recordar que el flamenco goza de dos siglos de historia oficial pese a la eterna coletilla de ser un arte inmemorial y perteneciente a la noche de los tiempos. Es decir es un arte contemporáneo, nacido al albur de los movimientos románticos y nacionalistas europeos y primo hermano de otras músicas arrabalescas como el tango, el fado o el rembético. Hecha esta digresión habría que reconocer que en Torremolinos, aquel pueblo de pescadores salpicado de villas blancas ante la llegada del turismo de aluvión fue enarbolado como símbolo nacional por el régimen para exhibirlo ante los turistas, con su mucho de forzado en un pueblo que no había vivido la sedentarización de sus flamencos en los arrabales de las ciudades andaluzas (veáse Triana, Perchel-Trinidad, Cuevas del Sacromonte), verdaderos territorios germinales de esta cultura.
Con estos precedentes de poca, que no inexistente, actividad flamenca local, previa al estallido del turismo, se desarrollará en poco tiempo una amplia oferta en la localidad a base de tablaos de campanillas, locales donde se ofrecía este género musical de forma mayoritaria en su programación. No fueron estos espacios los únicos donde pudo escucharse el jipío y el taconeo pues las terrazas de numerosas discotecas y hoteles lo programaron sin ningún tipo de complejo, más bien con una profusión y un desinterés por la calidad del mismo en su última época que acabaría por hacerlo demasiado kitsch y hasta hartar a los propios turistas extranjeros, sus principales y cada vez más exigentes degustadores.

Sucursal de verano de los tablaos madrileños
Pero hay que insistir, Torremolinos pese a que suene todavía a suecas y películas de Pajares y Esteso en su época más turística fue meca nacional del flamenco antes. El fenómeno se produjo por una sencilla razón; Madrid había desarrollado una importante industria nocturna de ocio alrededor de los tablaos flamencos ya en los cincuenta y a la explosión del turismo de costa, los empresarios de los mismos advirtieron que su exclusiva clientela tomaba el coche con dirección a ese entonces barrio de Málaga para tomar baños de sol y mar. Solución; montar sucursales de esos tablaos en Torremolinos.
Ahí está el caso paradigmático de Las Cuevas Flamencas de Alfonso Camorra, propietario del todavía abierto hoy en la capital del país, Corral de la Morería, y Luis Savell, de las Brujas. Ambos unieron fuerzas y se trajeron lo más representativo del género a Torremolinos desde Madrid. Lo hicieron desde la inauguración de este espectacular espacio en 1963. Este fenómeno fue copiado por otros tablaos madrileños como el Corral de la Morería y el Duende que abrieron sendas sucursales veraniegas en Marbella, impulsados por el mismo deseo; dar oferta cultural nocturna al recién parido invento de tostarse al sol en una tumbona junto al mar.
El caso es que este monumental espacio que aprovechaba las numerosas y no pequeñas concavidades de la roca de Torremolinos reunió a cuadros de verdadero tronío. Allí estaban por el estío las figuras del momento; Terremoto de Jerez, Merche Esmeralda, La Bernarda y la Fernanda de Utrera, a los que se unían los mejores flamencos de Málaga. Jovencitos de entonces que también conocieron aquellos tiempos de vacas gordas, como el bailaor Carrete. Éste mismo recuerda noches de auténtica magia cuando terminaban los shows y podía verse por ejemplo en un mano a mano, bajo un firmamento plagado de estrellas, a Terremoto y Caracol por seguiriyas en un chiringuito cercano. Aquel encuentro de astros ocurrió una sóla vez y todavía hoy hay gente como Carrete que lo recuerdan como algo irrepetible que se llevarán gozosamente a la tumba.
Pero volvamos a otros tablaos de aquel final de los sesenta. En otras Cuevas apellidadas de La Alhambra, ubicadas en la calle Emilio Esteban, se abrió en 1968 un local que también fue referencia primordial de esta música y que tuvo a dos de las caras más conocidas de España en su programación como La Chunga y La Contrahecha. Otra bailaora de auténtico genio y de las guapas guapísimas del momento fue La Polaca, que no sólo actuó ante el presidente Kennedy, sino que también protagonizó sonados romances con los galanes del momento. A ella se le podía ver bailar en aquellos años de finales de los sesenta y setenta en un local cedido por el Pez Espada de La Carihuela.

Un tablao por encima de los demás; El Jaleo
Pero si hay que detenerse en un espacio donde resumir el apogeo del flamenco de tablao en estas orillas es en El Jaleo. El local, que todavía sigue abierto en la plaza de la Gamba Alegre con el nombre de Taberna de Pepe López, fue un auténtico imán de multitudes y el santuario estival del mejor flamenco del país. Hoy mantiene las esencias estéticas de entonces pero sin el brillo del público numerosísimo y el atronador éxito que tenían todas las noches en aquel extraordinario espacio en los años 60 y 70. El show actual, sin desmerecer, no iguala el relumbrón de entonces cuando se pagaba a estrellas del arte jondo para que estuvieran temporadas enteras de verano actuando noche tras noche.
Jamás pudo encontrarse en la provincia, con el permiso de La Gran Taberna Gitana en Málaga capital, una iniciativa privada que concitara a tantos primeros figuras y tuviera un cuadro tan numeroso y tan bien pagado por entonces (120-125 pesetas al día en sus inicios de 1965). Entre los titulares estaba la lideresa; María Guardia ‘Mariquilla’, y unos cuadros que rompían el molde de primeramente artistas malagueños; La Repompilla, los hermanos Montoya, Manolo Limón, Carrete, el propio Chiquito de la Calzada.
La propia Mariquilla ha sostenido siempre, además, que aquel tablao fue el germen del nuevo flamenco que luego oficialmente se asociaría a los Smash o Pata Negra ya que ella fue la primera en incluir instrumentistas de viento, por ejemplo, en sus cuadros. Consúltese sobre estos hechos al flautista y profesor malagueño Agustín Carrillo. Eso no quitaba que lo que se daba habitualmente era flamenco ortodoxo cien por cien. Con un baile que tenía Mariquilla que recordaba mucho al frenético taconeo de Remedios Amaya. El suyo era el número central de la noche.
La nómina de artistas que pasaron como invitados por las tablas del Jaleo es inacabable pero cabría destacar a los bailaores, Mario Maya, Manolete, Farruco y en las voces a Fosforito, Enrique el Extremeño, El Lebrijano, Turronero, Camarón de la Isla, Porrinas de Badajoz. Y en guitarristas a gente como El Habichuela o el propio Paco de Lucía. Otras habituales fueron la propia Manuela Carrasco, bailaora, o María Jiménez, cantante, ambas muy jóvenes, que tuvieron en este espacio casi una casa más que un escenario para proyectarse.
La propia Mariquilla, representante máxima de aquel tablao salió a giras internacionales y festivales de toda España por la extraordinaria plataforma que significaba el tablao El Jaleo como propaganda de su arte. La buena sintonía que existía entre todos los trabajadores del mismo hacían el resto para que aquello además de una mina de dinero fuera una gran familia.
En aquel local no sólo se han vivido momentos de muchos quilates en lo artístico sino que en lo personal fue origen de multitud de anécdotas, vivencias y hasta origen de matrimonios y algún devaneo sentimental propio de la noche. Estaban cargados aquellos espectáculos no sólo de un importante acto central de baile, con un cuadro de guapas bailaoras que rompía el molde (de hecho hoy día todavía se venden en las tiendas de souvenir postales de aquellos cuadros) sino de mucho humor dentro y fuera del escenario, age, y ahí estuvieron artistas como el Brillantina, Beni de Cádiz, Chiquito o Carrete con los que había que morir con sus bromas.
El Beni por ejemplo, lo cuenta Mariquilla en su biografía ‘Ardiendo y echando chispas’, una noche se había bebido con un compinche hasta tres botellas de Chivas y en un apagón fue un visto y no visto. Mariquilla se tomó el ‘simpa’ con mucho humor porque el gaditano lo tenía a espuertas. El Brillantina, que era un cómico que también tuvo su hueco en el primer Jaleo y del que cogió muchas cosas el Chiquito humorista, también dejó anécdotas para la posteridad. Una noche cantó el “Extraños en la noche” delante de Ava Gadner y la volcánica artista, a la postre malavenida pareja del actor que remedaba, Frank Sinatra, le respondió lanzándole el contenido de su güisqui. El Brillantina no quiso salir más.
A Carrete se le recuerda por su maravilloso número sentado en una silla por bulerías, pero también por esas salidas que tenía de saltar del escenario a las mesas, o de bailar arrastrando el culo por las tablas. O por cuando leía la Biblia antes de bailar por seguiriyas, sin saber leer, o cuando decidió una noche que le iba a hacer un sólo de pies al público y salió dejó las botas sobre el escenario y se marchó. Puro arte, para morirse de risa, imagínense todas las noches con el “condemor” de Chiquito en camerinos, en esas veces que salía vestido de Cantinflas, o en esas giras internacionales que también salían para los inviernos. De aquellas noches de trabajo a Carrete le salían trabajos tan suculentos como dar clase a la hija de Juan Domingo Perón, sí, sí, el militar y presidente argentino que llevó al país austral a los mejores momentos de su historia y que tenía residencia en Torremolinos, admirador del baile, como su segunda mujer Isabelita, tristemente famosa por aquella Triple A.

La atracción de los famosos y predilecto de los propios flamencos
Hemos mencionado a Ava Gadner o Perón pero el paso de famosos por este lugar para ver el arte nacional más aplaudido fue constante. Un habitual asistente fue el Barón de Rothschild que era conocido por ser miembro de la archiconocida familia de multimillonarios banqueros europeos, entre otras cosas.
Con Aristóteles Onassis y con éste, que también apareció una noche por El Jaleo se dio una de las anécdotas más suculentas de cuantas sucedieron en aquel lugar de reuniones, donde también se cerraban tratos empresariales al más alto nivel, algo que no tenía nada que envidiar a los apretones de manos de grandes proyectos que se dedican hoy día en el palco del Santiago Bernabeu. Era El Jaleo, también, un lugar propicio para atraerse las simpatías de un inversor o cerrar un trato.
El caso es que una noche estando allí Aristóteles Onassis pidió conocer al barón Rothschild que estaba en una mesa cercana, ambos hablaron durante un largo rato y cerraron un negocio de telefonía por muchos millones de dólares, a la vez que cerraron la compra del hotel Queen Elizabeth en Canadá y llevaron allí a Mariquilla para que actuara en su inauguración. Así eran las cosas en El Jaleo. Lo mismo estaban estos dos magnates que de repente aparecía Anthony Queen, Omar Shariff, el famoso actor de Laurence de Arabia o un ministro de Franco como León Herrera, que le impuso a la propia Mariquilla, la Medalla al Mérito Turístico por aquella mina de cultura y entretenimiento que era este sótano del corazón torremolinense.
Pero también hay que recordar que muchos de los artistas flamencos con estatus también veraneaban por Torremolinos, como era el caso de Manolo Caracol, y también lo era de Antonio Ruiz Soler que con casa en Marbella se dejaba caer por Torremolinos y hasta se le encuentra asociado como empresario al local Tabarín. Fosforito era otro caso con vivienda en la localidad. Nunca dejaría de ser atractivo este rincón para cantaores y bailaores en sus ratos de descanso y, por ejemplo, en los últimos años de Enrique Morente era habitual verlo por estas orillas con toda su trouppe familiar, como también ha sido un habitual en los últimos tiempos, Antonio Canales. Hoy día, por ejemplo, uno de los empresarios más poderosos del género, el cordobés Miguel Marín es otro asiduo a la localidad. Éste organiza quizá el Festival más atractivo actualmente para el género en el mundo; el Flamenco Festival USA.
En Torremolinos también tuvo vivienda un guitarrista que guardaba una anécdota genial con Pablo Ruiz Picasso. Paco Jurado, tocaor melillense afincado en Málaga, vivió durante muchos años en Francia donde tuvo el privilegio de dar clases de guitarra a la última compañera sentimental del pintor malagueño en su residencia de la Costa Azul, Jacqueline Roque. Jurado cuenta en otro libro biográfico que por aquellas clases de guitarra fue muy bien remunerado y se vio compensado además con que Picasso le pintó en el envés de su guitarra. Aquel conservó la bajañí como oro en paño y un buen día unos marchantes extranjeros les cambiaron su guitarra picassiana por un piso en la localidad. Vivir en Torremolinos tan valioso como una obra de Picasso.

Camarón debutando de gira en Torremolinos
Fue Torremolinos uno de los primeros lugares donde se vio al primer Camarón de la Isla actuar, concretamente en 1966, un año después de abrir El Jaleo. Lo hizo en el mencionado Tabarín y de la mano del tonadillero malagueño Miguel de los Reyes, que fue el primero en darse cuenta de la valía de aquel niño y en llevárselo de turné por toda España, Torremolinos era entonces parada obligada.
La localidad se proyectaba como un rincón en technicolor mientras en el país reinaba la patina grisácea y reaccionaria del Franquismo. Camarón se encontraría entonces recién salido de su pequeño San Fernando con una noche desenfrenada, con los playboys de tres al cuarto a la caza de la turista forrada en la piscina del aparthotel.
Por allí, por la Costa del Sol, habían pasado o iban a pasar bellezas planetarias como Raquel Welsch o Briggitte Bardot escandalizando a las damas de la época con sus pechos al aire en la playa de Fuengirola, Ava Gadner o Gina Lollobrigida dorándose en sus arenas, de incógnito o no tanto, bebiéndose la noche del sur. Brian Epstein con John Lennon atreviéndose con experiencias homosexuales en La Nogalera. Dejándose caer Bryan Jones y Tony Hicks de los Rolling. Rodándose coproducciones internacionales de altos vuelos a lo largo de toda una costa de ensueño. Ya había llegado y acabado en comisaría Frank Sinatra por su altercado en el Pez Espada (por cierto hay testigos que mantiene que aquel día de autos había flamenco en la terraza del hotel), se hacían asiduos Roger Vadim, Sean Connery, el mencionado Omar Shariff, los más domésticos representantes Hohenloe, Jaime de Mora y Aragón, José Banús
Eran los tiempos en los que en el espectáculo reinaba Lola Flores y mantenía laureles Antonio el bailarín, dos veraneantes y como hemos dicho empresarios ilustres del lugar. Los días de revolución del Cordobés. En resumen un crisol majestuoso de criaturas dispares, danzantes bajo un mismo sol de agosto, y todos provocando una oleada de experiencias inauditas para el españolito medio.
Aquello era Torremolinos en 1966, una avanzadilla del futuro que vendría, anticipado a la Primavera de Praga, al mayo del 68 francés, plagado de beatniks en sus plazas y dando cobijo a los primeros hippies que hacían escala costasoleña en su peregrinar a alguna ruta impredecible, entre Marrakech y Khatmandu, pasando por Tánger la meca de los beats.
En cuanto al pequeño Camarón, aquel debutante en las giras, se le abrían los ojos de par en par, aquello era Hollywood, en la palma de su mano. Un lugar con más de veinte salas que entre sus programas incluían flamenquerías más o menos kitsch. Por allí iban desfilando al calor del dinerito de los turistas lo más granado del género.
Miguel de los Reyes había conseguido entonces un contrato para actuar durante un buen periodo de tiempo en el mencionado El Tabarín, un local de Torremolinos, muy céntrico, ubicado en el Pasaje Begoña, que la historia de hoy lo recuerda como el primero en el que se produjo un desnudo integral en España.
Aquellos eran tiempos en los que el flamenco más clásico se encontraba en programas donde por ejemplo había números de vedettes, subiditos de tono, y no pasaba nada. No había puristas que se echaran las manos a la cabeza, el mairenismo estaba todavía en pañales. Es más, algunas bailaoras o bailarinas tenían que alternar con los clientes de la sala. Todo aquel batiburrillo de diversión, libertad y desenfreno se precipitaría sobre la mente de aquel adolescente cantaor antes que Madrid. Aquel era un terreno propicio para soltarse sexualmente y coquetear con las tentaciones de la noche, para estrenarse en el ambiente bohemio imbricado al del arte. Pudo ser iniciático para ello para Camarón.
La alineación del Ballet de Arte Español del tonadillero de La Cruz Verde que se presentó en aquel Tabarín era el siguiente; Como primera bailarina; Carmen Vargas. Canzonetista; Antonia Fuentes. Cuerpo de baile; Cloti Santa Cruz, Paquita Vargas, Pastora Vega, Mari Carmen Pombo y Antonia la Malagueña. Bailarines; Juan Albaicín y Juan Rosén; a la guitarra Antonio de los Reyes y Pepe de la Vega.
Camarón era el niño cantor, la sorpresa que todo el mundo esperaba del show. Pero esta es sólo una anécdota de que aquel Torremolinos que vería a un Camarón debutante, luego lo vería ya disparado hacia la fama en El Jaleo y de escapada en los tiempos ya de esplendor en El Cortijillo, un lugar propio para las fiestas de cabales que estuvo en el centro de Torremolinos abierto hasta que la presión inmobiliaria acabó con un lugar ideal para la juerga de noche larga, que remedaba una edificación típica del campo andaluz.

La resaca de los ochenta y noventa
Tanta fiesta y tanta gloria al ritmo de bulerías derivó en la consabida resaca de los años ochenta y noventa donde el mal gusto se fue imponiendo a todos los niveles artísticos y un turismo de avalancha y con poco paladar fue alejándose de aquellos gustos musicales más exigentes que habían sido exprimidos hasta lo cutre y ahora se despreciaban en aras de mostrarse más modernos y aperturistas o europeos.
Los problemas de contratación de personal con los nuevos seguros sociales y las más exigentes condiciones de los locales por normas de ruido y convivencia fueron mermando la aparición de nuevos locales de este tipo, con música en directo, y los existentes fueron decayendo.
En aquellos años cuesta señalar algún tablao de cierta categoría y por poner un ejemplo habría que señalar que el bailaor Carrete fue el auténtico agitador de la escena local en medio de aquella depresión, montando un espacio para este arte muy cerca del conocido Hotel Pez Espada. Por aquel pequeño local pasarían auténticas estrellas del baile flamenco como lo son hoy día Susana Lupiáñez La Lupi o Cecilia Gómez. Entonces unas niñas. Entre los cantaores habituales estaban El Gallo, el Nono o el Chato de Vélez y entre los tocaores en plantel; Antonio Requena, Joaquín Losada, Luis ‘El Salao’ o Benjamín. El cantaor El Chino, Parrita, Remedios Amaya, Juana la del Revuelo, Los Carmona, Manzanita o El Pele también aparecieron para cantarle en alguna ocasión a Carrete, auténtico abanderado del flamenco local en solitario desde el cierre del Jaleo y que ha pasado gran parte de sus últimos años capitaneando la Escuela Municipal de Flamenco y triunfando en importantes citas del género en Jerez, Sevilla o Barcelona.
El casi último espacio con esta denominación de tablao que ha habido, además del mencionado Jaleo actual y de una experiencia efímera de un local con esta música como protagonista regentado por el bailaor Paco Mora en la plaza Costa del Sol, el último esfuerzo por mantener la llama del flamenco viva desde lo privado la protagonizó el tablao ‘Los Tarantos‘ en la zona de Playamar.
Allí la bailaora de bailaoras Trini Santiago impartía magisterio junto al incumbustible Carrete cada noche. Los dos mantuvieron durante casi toda la entrada de siglo un bonito dueto artístico para reverdecer viejos laureles. Fueron muchos los artistas conocidísimos del género que iban por él a ver bailar a estos dos fenómenos y escuchar cantar a Raúl Franco o Delia Membrives, tocar la guitarra a Benjamín o Fran Vinuesa y seguir la evolución de dos jóvenes bailaores como Cristóbal García y Meli Santiago. Por allí pasaron como espectadores Farruquito, Tomatito, Enrique y Estrella Morente, El Cigala, Miguel Poveda, Israel Galván o Juan José Amador, entre otros.
La Peña Flamenca ‘Los Amigos del Arte‘ bien merece que sea mencionada en este capítulo pues en ella se centra lo más representativo que se ha hecho por el flamenco en los últimos tiempos en la localidad. De hecho en 2016 ha cumplido 28 años desde que se organizara su primer festival que históricamente ha reunido lo mejor del cante nacional gracias al impulso principal del Ayuntamiento de Torremolinos. De la misma colaboración se da desde hace nueve años el Concurso de Saetas, por el que asoman al reclamo de un suculento premio los saeteros más representativos de Andalucía.

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2 Comentarios
  • Antonio Soler Rodríguez
    Publicado en 21:18h, 27 enero Responder

    Magistral,Sr.Mármol…!!

    • Francis Mármol
      Publicado en 16:44h, 28 enero Responder

      Gracias amigo

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