Festival de Casabermeja

‘Mística y gonzo en Casabermeja’, relato de una epifanía flamenca

El coche serpenteaba resacoso por entre los almendros desmotados de luz. El río Guadalmedina era como una culebra que se agarraba al cuello en forma de humedad procedente del mar cercano. La luna del medio siglo de Stanley Kubrick parecía posible de pisarse de nuevo si uno sacaba un dedo y se la metía en el bolsillo. Íbamos surcando la oscuridad centelleante de los coches que dejan Málaga camino de Casabermeja, el pequeño soviet de las estribaciones de Las Pedrizas.

En el pueblo todo era como un arcoiris deslumbrante, el mastranto cubría el suelo y el campo se colaba por la nariz en forma de arriates de jazmines, madreselvas y adelfas. Había gente tomando el fresco y bebiendo plácidamente a cada paso, el ambiente era de feria. Por entre las encaladas calles unos niños jugaban a la pelota ufanos en la ausencia de tráfico rodado y calles vacías. El polideportivo hoy estaba reservado para otros deportes de voz. La espadaña de la iglesia vigiliaba el floreado pensil de unas bombillas que cruzaban la explanada de cemento del campo de fútbol o baloncesto de cabo a rabo. Líneas de bombillas redondas como algodones de azúcar que hacían cosquillas a un cielo estrellado superpuesto al ulterior. Entre las sombras cientos de cuerpos apiñados, unos setecientos, regalaban un silencio de susurros y apenas gestos de gárgaras cuando la bebida corría por los gaznates y aliviaba el tanto sentido de la soleá y la seguiriya, dos campos musicales híper transitados en la ceremonia del gozo. También olía a Marruecos de vez en cuando y se agradecía.

Muchos cantaores y bailaores iban desfilando por el escenario en una maratón impensable e ilógica en homenaje a algo nostálgico que ya no existe salvo para los que soñamos. Desde el lugar en que mirábamos el show la cara radiante de luz de Antonio Gades ejercía de reivindicación de un postulado político sobre el arte. En cambio sobre las tablas y en camerinos quería dominar la polémica crematística del yo salgo primero, como en cualquier parte. El cante de Juanfran Carrasco fue de los que arañó la Vía Lactea con un desgarro nacido del centro de la tierra. Jesús Méndez dibujó esferas de fuego en sus fandangos como queriendo herir el aire para soltarlo en unas letras que iban cargadas de amianto.

Al baile se descompuso en cuerpos como de diosa hindú de siete brazos Pepe Torres y los más y los menos nos enteramos de que Mari Peña venía de Utrera. La omilia no salía de una salmodia infinita alrededor del tres por cuatro. Algunos echamos de menos más tango, más petenera, más farruca, más colombiana, más guajira, más Piyayo, más malagueña, más taranto…

Aún así ‘Cinco horas con Mario’ no fueron muchas y se fueron desatornillando las entendederas y dejando paso a las conspiraciones con la inspiración más salvaje. El apocalipsis no tiene por qué ser siempre algo desastroso. Llegó El Remache y su manera de entender la fiesta a ramalazos de arte, Luisa Chicano marcando su impecable figura de Soleá y Samuel Serrano, en otra manera diferente de disparar el cante, provocando heridas reales.

Se selló la escena con un amén inconsolable de aplausos. Todos corrieron a recoger y a beber lo que quedara en la barra. El gonzo alcanzaba al cronista acordándose de qué haría en tales circunstancias Hunter S. Thompson. Se fueron yendo los más cansados, los saciados. Y quedó el escenario del crimen dispuesto para los sabuesos rastreadores de las esencias. El cuarto de baño era el mejor lugar para escuchar los ecos y las tapaderas de la imaginación siguieron volando cuando alguien agarró una guitarra con un rubio pelo de Tulipán de Cañete.

Se formó de nuevo la fiesta. Rugieron los leones que no habían tenido bastante con la lucha sobre las tablas y José Canela ganó en las distancias cortas, como quien azota un viento de la mañana que no corre. El solano hizo su aparición y la epifanía se estaba consumando. La mística llenó de yagas las manos de los creyentes. Hubo nuevos evangelizados en la celebración, el Bautista echó las aguas en forma de lenguas de fuego desde el cielo y por la seguiriya inconmensurable se destacaron los cerros de Casabermeja entrando todos los allí presentes como en un trance de siglos, convirtiéndonos en estatuas de sal por mor de un viejo ritual de verano llamado flamenco.

Cantaores; José Canela, Jesús Méndez, Mari Peña, Samuel Serrano y Manuel de la Tomasa. Guitarristas; Pepe del Morao, Manuel Valencia, Antonio Moya, El Salao y Rubén Lara. Pepe Torres y su cuadro. El Remache y Luisa Chicano.
23:00 – Polideportivo Antonio Sánchez Fernández – Casabermeja

Calificación: ♠♠♠♠ (sobre cinco).

1Comentario
  • Antonio Soler Rodríguez
    Publicado en 18:27h, 23 julio Responder

    ¡Maravillosa crónica,Sr.Mármol!

Publicar un comentario