Polanski avisa del viejo antisemitismo en ‘El oficial y el espía’

Roman Polanski ha vuelto a dirigir una buena película; ‘El oficial y el espía’. Dicho así no sería noticia si no fuera porque el francés de origen polaco tiene ya 86 años y se le supone ya descatalogado. Pese a que ya es una vieja gloria también me gustó mucho la reciente; ‘La venus de las pieles’, quizá incluso más que esta, o ‘Un Dios salvaje’. Todas firmadas en la última década, lo que situan al autor de ‘El pianista’ o ‘Chinatown’ en el olimpo de los grandes directores del séptimo arte, ya que pocos han aportado tanto a lo largo de tanto tiempo.

En este caso, resulta muy reveladora su revisión del ‘caso Dreyfus’ (1894) en una apuesta por el cine de época que también es una declaración de principios en unos tiempos donde el entretenimiento lo copa todo. Lo es en lo estético y en lo ético. Precisamente el argumento histórico de esta nueva entrega del francés gira alrededor de una falsa acusación de alta traición a un alto mando del ejercito galo, de origen judío, el mencionado Alfred Dreyfus, y de cómo en el corazón del poder ya latía el nacionalismo exacerbado y el antisemitismo que hoy mismo vuelve a verse en muchos países europeos.

La película es interesante en este sentido; por demostrarnos que ya a finales del XIX, en la Francia de la Tercera República se mascaba un estado prebélico mirando de reojo a Alemania, experimentando un fuerte nacionalismo y un exacerbado carácter antisemita en el pueblo. En esta situación, que bien podría parecerse en algo a la actual, Polanski trata de colocar un espejo que transmite un eterno retorno de los mismos pecados sociales. Ante situaciones de zozobra política, la mejor salida para el mal gobernante es buscar chivos expiatorios; llámense judíos, inmigrantes o equis.

Indefectiblemente a un superviviente de un campo de concentración alemán como es él, esto le sirve para hacer una llamada de atención a su país y también para poner el solfa lo injusto de la justicia, a veces, en la que hay que confiar pero a la que todos sabemos que se puede burlar. Y que se equivoca. También puede ser que quiera redimirse de sus viejos cargos. Y hablar de cuánto duelen los pre-juicios públicos en un falso acusado.

Resulta curioso recordar cómo fue un escritor como Émile Zola el que sacó la cara, mediáticamente hablando, por el injusto acusado Dreyfus que penó en la Isla del Diablo del futuro Papillón, y que no se arredró ante el poder como tampoco lo hizo el capitán Picquart que acabaría igualmente encarcelado transitoriamente (solo os hago un poco de spoiler).

Es en este tercer argumento, el del poder de los medios de comunicación, donde también reside parte de la gracia del filme. Ya que actualmente, como se puede ver en la nueva de Clint Eastwood, las ‘fake news’ son protagonistas de juicios paralelos dolorosísimos sobre inocentes pero igualmente son redentoras en casos como el de Dreyfus. Lo que viene a recordarnos que los medios son decisivos para el funcionamiento de las democracias en muchas ocasiones.

Las interpretaciones son buenas y la ambientación es magnífica en un París grisáceo donde la música también genera muy buen ritmo y convierte en apasionante algo que ya es conocido o intuido de antemano.

Título Original: J accuse
Director: Roman Polanski
Año: 2019
Nacionalidad: Francia
Idioma: Francés
Duración: 126 min.
Género: Drama histórico

Intérpretes
Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner.

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Calificación: ♠♠♠♠ (sobre cinco).

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