Divinas palabras

Valle Inclán, tan moderno como siempre

El pasado 27 de enero acudí al Teatro Cervantes de Málaga a ver una de las obras que intuía más aseguraban el resultado. ‘Divinas palabras‘, una de las creaciones más sobresalientes de Don Ramón María del Valle Inclán ya eran de antemano una apuesta conservadora y más si llegaba de la mano del Centro Dramático Nacional y con José Carlos Plaza de director artístico. No me equivoqué.

Con estas premisas pero sin haber leído el texto primero contuve el aliento en los primeros compases de representación porque pensaba que estaba ante un producto cercano al surrealismo. Me acordé sin mucha razón del Jardín de las delicias de Arrabal o La cantante calva de Eugene Ionesco que también vi en el mismo espacio. Pero nada más lejos de la realidad. Valle hilaba fino.

Y es el que el idioma en Valle Inclán surge de manera torrencial, popular y dinámico en los diálogos, con muchas referencias a la mitología gallega y con muchos registros diferentes lo cual exige mucha atención del espectador para no perderse. De la misma forma está lleno de acotaciones que supongo se adaptarían para dar ese ritmo de locos que se imprimen a sus obras de teatro. Propias de una modernidad radiante, que parecen pensadas para la era de las multipantallas y el tuit en 140 caracteres.

Poco a poco fui deglutiendo lo mejor que pude su grotesco bestiario de personajes. Esperpénticos todos. Sacados de los bajos fondos sociales y de esa histriónica manera en la que se mueven, piensan y se odian mientras se usan entre ellos de mil maneras deleznables.

Como saben ‘Divinas palabras’ cuenta las crueldades sufridas por un enano hidrocéfalo cuya familia utiliza a tiempo compartido -lo que es motivo de disputas- para pedir limosna por él y sacarle el máximo rendimiento. Ese aprovechamiento ruin también sirve para dar lugar a situaciones de adulterio, incesto, violencia y vicio entre los que le rodean. La lujuría y la avaricia son los grandes pecados que expone el gallego con una visión deprimente y acusadora de inmoralidad de la sociedad española.

Siendo una de las obras más representadas de Valle Inclán también se ha visto en ella una intención de representar la realidad política de su tiempo, con Cánovas y Sagasta alternándose el usufructo del enano tullido que sería nada más y nada menos que España.

Partiendo de estos hechos, la obra cobra trascendencia y vigencia porque si cambiamos nombres por partidos que se alternan en el poder desde el inicio de la democracia del 79 también sigue siendo un modernísimo Valle el que sigue estando de tremenda de actualidad. La corrupción política es casi la misma de entonces, heredera del desastre del 98. Igual que las bajas pasiones siguen dominando la política y en general la sociedad y su ojo patio de las redes sociales. Se percibe otro paralelismo temporal en la creencia supersticiosa del pueblo que eleva y baja de los altares a ídolos y creencias de un día para otro.

Ésa es quizá la gran cualidad de Valle Inclán, un autor del 98 que revive la decadencia del Barroco de Quevedo o Calderón en los tipos y estira los asuntos de honor, familia, doble moral, corrupción y venganza con un dinamismo formal aún más efectivo y que en los actores del Centro Dramático Nacional y en sus ejecutores de escenografía consiguen que no se haga larga, pese a sus casi dos horas, y sí tremendamente atractiva mordaz.

El próximo 13 de marzo la obra irá a Estepona (Málaga) no se la pierdan.

DIVINAS PALABRAS

Centro Dramático Nacional (CDN) y Producciones Faraute

De Ramón María del Valle-Inclán
Dramaturgia y dirección José Carlos Plaza
Con María Isasi, Javier Bermejo, Alberto Berzal, María Heredia, Chema León, Carlos Martínez-Abarca, Ana Marzoa, Diana Palazón, Luis Rallo, José Luis Santar y Consuelo Trujillo

1.45 h (s/i)
www.produccionesfaraute.com
cdn.mcu.es

Calificación: ♠♠♠♠ (sobre cinco).

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