Bécquer, el flamenco de Lebrija y Cucal

Foto: Paco Lobato.

El Parque de María Luisa en Sevilla no estaba ayer lleno de enamorados enmascarados intercambiando deseos de pupila azul, estaba repleto de runners narcisistas a la hora en que a José Valencia le dio por acordarse de lo que Sevilla parecía haber olvidado; la importante efeméride del 150 aniversario de uno de los libros más célebres de nuestra literatura, la del rescatado libro de Las Rimas. Siempre son malos tiempos para la lírica pero este parece especialmente tenebroso.

Quizá sólo un cochero de caballos con la lección aprendida de carrerilla atinara a reconocer entre tanta apolínea musa en shorts esa Glorieta dedicada al amor ilusionado, el amor poseído y el amor perdido de un tal Gustavo, muy cerca del lugar donde iban a cantarle.

Y es que ese poeta de las golondrinas y los gorriones que repasamos coloreado de tópicos desde la Secundaria, como un romántico de manual, pero poco escuchado en profundidad transmutó ayer en un cantaor de ópera llamado José Valencia, natural de Lebrija, que como hijo de su patria chica, con larga memoria bibliófila, hizo justicia con el quizá poeta más célebre nacido en Sevilla, con permiso de Don Antonio. Él está empeñado en hacer las cosas bien cuando se pueden hacer mal…

José Valencia, protagonista principal junto a un brillante Juan Requena (¿cuántas decenas de espectáculos célebres lleva en su currículum como guitarrista y director musical este malagueño?) se lucieron a lo grande en un escenario de campanillas que le venía como anillo al dedo al personaje homenajeado. La Alta Torre, en referencia a su conocido poema, era el título de la cita y la Vietnam (Bienal) interruptus, y más rara de la historia, el marco.

La gran araña reluciente del techo del Lope de Vega ubicaba en distinguido salón al desgraciado héroe romántico que se iba a recordar. El mismo que murió sin celebridad poética pero que en su lecho de muerte dejó el encargo hecho de que publicaron sus poemas porque tenía la intuición de que funcionarían. Y vaya que si han dado de sí. Y ahora puede decir que además son música. (Otros aciertos anteriores pueden ser los de Morente o Raúl Rodríguez)

Como bien ha apuntado el agudísimo crítico flamenco del Diario de Sevilla Juan Vergillos, a la tesitura de este cantaor le venía atravesado convertir el intimismo susurrante de Bécquer en su torrencial voz de barítono. ¿Pero no era Bécquer un muy aficionado de la ópera italianizante y del protocante flamenco? ¿No hay música contante y sonante en sus rimas como para hacerla rap o cualquier cosa que lleve el yo por delante? ¿No es Valencia algo así como nuestro Pavarotti?

La dificultad estaba en la adaptación a la métrica de los cantes, y no era cosa de solucionarlo por bulerías o tangos, ahí lució el trabajo del adaptador, Paco Robles, porque se paseó por todo, cantiñas, corridos, fandangos, tangos, malagueñas, abandolaos y un largo etcétera. Todo con fina exactitud, con emoción.

La salida funebresca por seguiriyas, ¡Qué tristes se quedan los muertos! la tomó Valencia como una salida de chiqueros arrolladora tras un confinamiento que se ha hecho largo para el cante flamenco y los primeros compases sirvieron para descubrir que sigue siendo hoy por hoy el cantaor más capacitado de todos. El número uno para muchos. Una catarata de ecos que recogen todo el legado gitano de Lebrija y que lo encumbran sin rival a la vista en la creación, la versatilidad y la ejecución.

La noche no lució solo para él. Sandra Carrasco, en un estado de inspiración divino, fue su contrapunto perfecto, la compañera ideal en la variación cromática de voces. Ahí quedó para la posteridad sus Golondrinas. Ella con sus bajos melifluos llegó incluso más a la esencia becqueriana y se terminó de cerrar el círculo con un sobresaliente Diego Villegas, el joven músico de Sanlúcar, a la armónica o los vientos que le pongan, que con toques jazzeros le puso mucha noche a Bécquer, que es noche cerrada, pozo sin fondo, tristeza en el vino.

Como bien interpretó Belén Candil, la directora artística, en el centro de la obra hay una escena que relaja los tonos oscuros de su sufrida penitencia como amante de Bécquer. Ahí el surrealismo hace acto de presencia en una escena impagable con buenas actuaciones de los músicos metidos a actores en diálogo con el actor-conductor Moncho Sánchez-Diezma. Max para Requena y los otros Valencia (palmas y percusión) en esa no tan enloquecida ocurrencia de ver poesía en el anuncio de Cucal. El simbolismo de las cucarachas no era algo ajeno a Bécquer.

Quizá en debe debe apuntarse la pobreza escenográfica y que los protagonistas estuvieran subidos a cada rato en unos incompresibles altarcillos/andamios.

Ficha Artística

José Valencia, cante

Juan Requena, guitarra

Manuel y Juan Diego Valencia, compás

Moncho Sánchez-Diezma, actor

Sandra Carrasco, artista invitada

Diego Villegas, colaboración especial

Francisco Robles, adaptación literaria

Belén Candil, dirección escénica

Óscar de los Reyes, iluminación

Fali Pipió, sonido

Sergio García, SG[P] producción y management

Una coproducción de: CICUS y La Bienal de Flamenco.

Programa

Cerraron sus ojos, seguirilla

Cuando la noche te envuelve, corridos y romances

Yo soy ardiente…, tangos

Por una mirada, mundo fandango

La alta Torre, taranta

Dos rojas lenguas de fuego, cantiñas

Volverán las oscuras golondrinas, canción

Calificación: ♠♠♠♠  (sobre cinco).

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